“El amor es el regalo esencial. Todo lo demás, que se nos da sin merecerlo, se convierte en regalo en virtud del amor”. (Joseph Pieper, German philosopher)
La palabra amor se ha desprestigiado tanto, que casi ya no nos atrevemos a pronunciarla. Preferimos utilizar expresiones como humanidad, solidaridad, aprecio.
En ruso existe una palabra para amor que es lubovatsja, que significa querer con la mirada; y es que sólo se puede amar lo que es bello, lo que se contempla. Y es que amar significa dar por bueno a alguien; es ponerse de cara a él, mirarlo, y decirle: “es bueno que estés en el mundo; es bueno que existas”. Así como Dios al crear al hombre vio que era bueno, y se complació de su existencia, el amor humano debe ser una reproducción y continuación de ese amor creador.
Sin embargo, no basta con decir “es bueno que existas”, sino que hay que hacerse la pregunta: “¿por qué quiero que existas?” ¿Es por ti mismo? ¿O porque me conviene a mis intereses? El amor tiene que estar en orden para que sea verdaderamente amor.
El amor auténtico nunca es debido ni merecido, ni exigido: es puro regalo, como el amor de Dios. Es sólo privilegio divino ser más amante que amado. Nunca podremos igualarnos al amor de Dios.
Por otro lado, el que se dé una confirmación de la existencia del amado, no significa que se acepte sin reservas todo lo que esa persona piensa o hace. No es dejar pasar lo que es malo, y no darle importancia. Amar no significa que el otro viva sin aflicciones, sino que esté en el bien y viva en la verdad. El amor, por lo tanto, a veces hiere. La incapacidad de sufrir viene de la imposibilidad de amar.
La forma primaria de amor es el deseo de ser feliz; es el principio y fin de nuestro amor. Incluso los mártires, al dar la vida por Cristo, buscaban la felicidad, aunque no en este mundo. Lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia desesperada de aquel a quien nada le importa. El infierno es el dolor de no poder amar.
Amar es salirse del amor a sí mismo para amar al otro. Lo que no es amado por sí mismo, no puede decirse que sea amado. El que quiere sólo gozar, acaba perdido en el camino de la desesperación.
En resumen, sólo amando al Primer Amante, manteniendo la mirada fija en Él, contemplándolo, es como se podrá amar a uno mismo y a las criaturas; continuando así la obra de la creación en que “todo es querido por Dios”.
Mother María Elena Martínez is a nun, born in Mexico City, where she still resides today. She has had a consecrated life for more than 30 years. She is currently a member of a community called María Madre del Amor which is dedicated to evangelization through Emmaus retreats in parishes and prisons and Sicar retreats for young people.
Desde el principio de la creación, el universo y la vida del hombre siguen el orden dispuesto por el Creador, arquitecto supremo de todo cuanto existe. Él no es solo el origen de las cosas, sino la voluntad divina que sostiene y orienta el curso de la existencia. Bajo su designio, cada instante, cada prueba y cada alegría forman parte de un propósito mayor.
En esa certeza descansa la fe cristiana, como luz que guía cuando aparecen enfermedades, dificultades económicas, malentendidos familiares, errores y pérdidas, pero también alegrías que dan sentido al camino. La vida no es un trayecto sin tropiezos, sino una senda de esfuerzos, caídas, reconciliaciones y esperanzas.
Nada ocurre al azar. Cada circunstancia, por dura o luminosa que parezca, encierra una enseñanza. El dolor purifica, la escasez despierta la creatividad, los conflictos invitan al perdón y los errores revelan una fortaleza interior que a veces desconocíamos. Incluso la muerte adquiere un significado distinto cuando se contempla desde la fe: no como final definitivo, sino como tránsito hacia una realidad superior.
Ante estas realidades comprendemos que no todo depende de nuestras fuerzas. Primero está la voluntad del Ser Supremo y luego la fe como respuesta humana. La fe no es una idea abstracta ni una tradición heredada; es confianza viva en que existe un propósito que guía nuestros pasos, aun cuando no comprendamos los caminos que recorremos.
La fe verdadera no es pasividad ni resignación estéril. Se expresa en el trabajo constante, la disciplina diaria y el esfuerzo honrado por cumplir metas. Es el impulso que nos levanta cada mañana, nos mueve a enfrentar preocupaciones, cuidar de nuestros hijos y honrar la amistad sincera. La fe no sustituye el esfuerzo: lo inspira y le da sentido.
En este camino, la oración se convierte en instrumento esencial. Es el diálogo íntimo con el Creador, el espacio donde el alma encuentra consuelo, orientación y fortaleza. La oración tranquiliza el corazón en la angustia, ilumina la mente en la incertidumbre y renueva la esperanza cuando las fuerzas parecen agotarse.
De la unión entre voluntad divina, fe y oración nace un estado interior de serenidad. Es allí donde ocurre la reconciliación con el mundo y con nosotros mismos. Aprendemos a dejar atrás resentimientos, temores y culpas, comprendiendo que cada experiencia forma parte de un aprendizaje necesario.
Este estado espiritual no surge de inmediato; se cultiva con constancia y reflexión. Así como el agricultor prepara la tierra, siembra con esperanza y espera la lluvia oportuna, también el hombre limpia su corazón, siembra buenas acciones y aguarda con paciencia los frutos que el Creador disponga.
La naturaleza revela esa armonía divina: los cultivos brotan a su tiempo, los ríos siguen su cauce, los árboles elevan sus ramas con silenciosa dignidad. Aun con cambios y adversidades, la vida continúa, recordándonos que cada estación cumple su propósito y cada semilla espera su momento para florecer.
Lo mismo ocurre con la existencia humana. En medio de pérdidas, enfermedades o dificultades económicas, aprendemos a confiar. No siempre comprendemos lo que sucede, pero la fe nos enseña a caminar con serenidad, sabiendo que una voluntad superior guía cada paso.
En ese trayecto, los hijos son razón profunda para seguir adelante. Son herencia viva que nos recuerda obrar con rectitud y dejar ejemplo digno. Los amigos, por su parte, son compañía y consuelo, parte del tejido humano que el Creador pone a nuestro lado para no caminar en soledad.
Así se fortalece el espíritu de superación. No consiste en vivir sin obstáculos, sino en enfrentarlos con dignidad, paciencia y esperanza. La voluntad humana se afianza cuando reconoce la voluntad superior, y el alma encuentra equilibrio cuando se entrega con humildad al gran hacedor.
Comprender este orden es alcanzar la paz interior. Es aceptar que no todo depende de nuestras fuerzas y que existe una sabiduría superior que guía el rumbo de la vida. Cuando aprendemos a confiar, dejamos de vivir dominados por la prisa y la angustia, y comenzamos a caminar con serenidad.
Entonces la fe deja de ser palabra y se convierte en forma de vivir. Se vuelve fundamento de nuestras decisiones, luz en los momentos oscuros y esperanza que sostiene el corazón. Así, entre el trabajo diario, el amor por los nuestros, la oración sincera y la confianza en la voluntad divina, descubrimos que la vida, con sus pruebas y alegrías, es un camino lleno de sentido y gracia que nos brinda el Creador.
Ricardo Gutiérrez is an economist and entrepreneur with extensive experience in various sectors. His life has been marked by professional commitment, faith, and family. Fifty years ago, he married Elsy Dangond, with whom he has built a strong family, raising three children and seven grandchildren. Educated by the Jesuits in Colombia, his education strengthened his principles and trust in God. His faith is his daily guide, inspired by a wise Spanish priest and symbolized by the crucifix before which he prays each day. For him, Jesus Christ is the true architect of his achievements.
Somos seres espirituales en peregrinación por este mundo. Por un tiempo, habitamos una especie de envoltura, una armadura que llamamos cuerpo físico. Sin embargo, incluso desde una perspectiva científica, esta “armadura” está lejos de ser permanente. Los componentes moleculares y celulares de nuestro cuerpo se renuevan constantemente. Las células mueren y son reemplazadas. Las células madre en nuestros tejidos nos sostienen y reparan silenciosamente. En un sentido muy real, la persona que hoy tiene 50 años no está hecha de la misma materia que existía en su infancia. Somos organismos en transformación continua.
Incluso nuestros pensamientos surgen de un órgano físico: el cerebro. Esta estructura extraordinaria nos permite razonar, reflexionar, deducir, crear y explorar los misterios del universo a través de la ciencia. Nos distingue dentro del mundo visible.
Aun así, hay algo más profundo que la biología y el intelecto.
En el núcleo de nuestro ser se encuentra el espíritu, nuestra esencia central, única e irreemplazable. El espíritu es lo que nos da la verdadera vida y nos hace plenamente humanos. Nos permite amar, sentir compasión, anhelar a Dios, buscar el bien común sin egoísmo y esperar un futuro mejor para las generaciones que aún han de venir. Mientras el cuerpo cambia y la mente se desarrolla, el espíritu es lo que define quiénes somos en verdad.
Sin embargo, el espíritu, como toda realidad viva, puede debilitarse. Jesús enseña que puede volverse rígido, corroído, incluso ciego.
Tenemos libre albedrío. Cada día elegimos entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la generosidad y el egoísmo. La vida se convierte en una especie de campo de entrenamiento espiritual donde cada decisión moldea la condición de nuestro espíritu. No fuimos enviados al mundo simplemente para existir, acumular posesiones o perseguir un éxito pasajero. Estamos aquí para perfeccionar nuestro espíritu, para formarlo, fortalecerlo y permitirle crecer.
No estamos solos en esta tarea. Jesús es el alfarero; nosotros somos el barro. Aun así, el barro debe dejarse moldear. La transformación requiere entrega.
Para quien vive en armonía con el Espíritu Santo, ningún momento se desperdicia. Cada segundo; agradable o doloroso, se convierte en una oportunidad de crecimiento espiritual. Incluso el sufrimiento tiene propósito. Esta verdad se expresa bellamente en 1 Pedro 1:6–7, donde las pruebas se comparan con el oro refinado por el fuego. Así como el metal precioso se purifica en las llamas, la fe se fortalece en la adversidad. Como el acero se forja en el fuego, así el espíritu se robustece en la prueba.
Imagina vivir con lo que parece un superpoder: vivir sin sentir el miedo paralizante, la duda que incapacita, la vergüenza o el sentimiento de inferioridad. Imagina enfrentar las tormentas de la vida sin perder la paz interior. ¿No sería eso verdadera libertad?
Una persona llena del Espíritu Santo vive precisamente de esa manera. Lo vemos en las vidas luminosas de los santos. Sus circunstancias no siempre fueron fáciles, pero su fortaleza interior era inquebrantable.
Entonces, ¿cómo cultivamos un espíritu así? Abriendo los ojos del espíritu.
Desde Adán hasta hoy, la humanidad ha compartido una realidad innegable: somos pecadores. Por eso Jesús sanaba con frecuencia la ceguera física mientras enseñaba sobre su significado más profundo; la ceguera espiritual. En Juan 9:39–41, advierte que quienes reconocen su ceguera pueden ser sanados, pero quienes insisten en que ven no dejan espacio para la gracia. Quien reconoce su necesidad de Dios abre la puerta a la transformación. Quien la niega corre el riesgo de permanecer atrapado.
Cuando se abren los ojos del espíritu, ocurre algo extraordinario. Comienzas a percibir la vida de manera diferente. Un atardecer se convierte en un susurro del cielo. Los actos de bondad se sienten como encuentros con ángeles. La paz se asienta en tu corazón, no una paz frágil que depende de las circunstancias, sino una seguridad profunda y permanente de que eres plenamente amado por tu Padre celestial.
Esta paz no es inactividad ni ausencia de problemas. Es una estabilidad divina arraigada en la confianza.
Invertimos tiempo fortaleciendo el cuerpo, yendo al gimnasio, cuidando nuestra salud. No descuidemos entonces el ejercicio diario del espíritu: la oración, la gratitud, el perdón, la caridad y la confianza. Estas son las disciplinas que construyen una fortaleza eterna.
Abramos los ojos del espíritu. Dejémonos moldear; y que nunca olvidemos decir, cada día:
Fernando Dangond, MD, was born in Colombia, South America. He and his wife, Monica, live in Weston, MA, and have been blessed with two sons Daniel and David and a beautiful daughter, Christina (the inspiration behind Build the Faith) who left to be with the Lord 7 years ago.
Dr. Dangond, is a neurologist and scientist who works for a pharmaceutical company developing medicines to treat devastating neurological diseases.
¡Ha comenzado! Hoy es el Primer Domingo de Cuaresma, ¡ya han pasado algunos días desde el Miércoles de Ceniza!, y hemos fijado nuestra mirada en la definición última del Amor: ¡La Cruz!
Parece que con el clima todavía invernal para algunos de nosotros, la Navidad fue hace apenas hace unos días… o quizá unas semanas… y, sin embargo, Jesús ya está crecido, habiendo completado sus tres años de ministerio, como se relata en los cuatro Evangelios. Él nos guía en esta Cuaresma, una vez más, desde sus tentaciones hasta su juicio; y somos invitados a seguirlo durante estos cuarenta días, por medio de la Liturgia de la Iglesia hacia un discipulado más profundo, un amor cristiano más grande, un mayor reconocimiento que también nosotros estamos al borde de contemplar el costo de nuestra vida eterna revelado en toda su desnudez en la Cruz el Viernes Santo.
Sin duda, queremos que estos días y semanas de Cuaresma signifiquen algo, que ganemos algo más allá de cualquier pérdida debida a nuestro ayuno, penitencia y limosna. De hecho, queremos elegir bien aquello que el SEÑOR ha puesto en nuestro corazón para ir más profundo en nuestra experiencia del desierto, donde también nosotros necesitamos ser desafiados a luchar contra las tentaciones que el demonio está proponiendo a cada uno de nosotros.
Tal vez nuestras tentaciones sean similares a las de otros; tal vez estén marcadas por nuestra crianza y rasgos de personalidad; o quizá sean simplemente fruto de nuestras propias decisiones. Sin embargo, el SEÑOR quiere que derrotemos a la carne y al demonio que nos rodean en estos próximos cuarenta días. Él lo hará a su manera, pero siempre para llevarnos a una mayor libertad, para vivir una vida digna de nuestra dignidad como hijos e hijas del Padre Celestial.
Nuestra verdadera dignidad no es la suma de nuestros pecados y fracasos, ni de nuestra historia y heridas, sino que está en que Jesucristo ha dado libremente su vida por amor a nosotros para liberarnos y permitirnos vivir nuestra nueva vida en la gloriosa Resurrección. Sí, entramos en estos cuarenta días no para la vergüenza o la humillación, sino por amor: por amor a Él, por amor a los demás y por amor a nosotros mismos.
Lo que sea que dejemos o asumamos esta Cuaresma por invitación del SEÑOR nos conducirá a una vida más plena en Cristo. Incluso ahora, no es demasiado tarde para preguntarle al SEÑOR qué “quiere” de nosotros en esta Cuaresma. ¿Qué sabe Él que necesitamos romper o abandonar para comenzar de nuevo, para empezar a vivir completamente en Cristo? Sí, todo esto es posible, incluso en cuarenta días o en los días que Él decida que aún nos quedan.
De hecho, un gran ejemplo de esforzarse por esta santidad lo encontramos en nuestra querida pequeña Christina. Cuando pensamos en su vida, pensamos en una santidad heroica y ejemplar incluso antes de su diagnóstico; y, sin embargo, su santidad verdaderamente se aceleró aún más en sus años de sufrimiento que en los años de su inocencia antes de su diagnóstico.
Con demasiada frecuencia podemos pensar o incluso convencernos que no podemos realmente estar a la altura de una vida de santidad, que nuestra vida está demasiado lejos de Cristo o cargada con demasiadas pequeñas cruces como para poder llevar una cruz grande. Sin embargo, ese no es el ejemplo de Christina. Fueron, de hecho, sus mil pequeñas cruces llevadas cada día y a lo largo de su breve vida las que conformaron la única cruz heroica sobre la que se extendió hacia el cielo: ¡Confianza!
En la Primera Lectura de hoy, del Génesis, el demonio habla engañosamente a Eva, nuestra primera madre, después que ella primero rechaza su tentación: ¡Ciertamente no morirán!. Sabemos lo que sucedió y cómo esa caída dejó una debilidad perpetua en todos nosotros, en toda la humanidad. Sin embargo, la pequeña Christina eligió otro camino, el camino que Jesús nos muestra al enfrentar sus propias tentaciones confiando en su Padre, negándose a usar su poder divino para superar su gran sufrimiento en el desierto, ¡y finalmente en la Cruz!
Este fue siempre el camino de Christina, y debe ser el nuestro: ¡Jesús, en Ti confío!
Fr. Ed was ordained to the priesthood in May 2000 for the Archdiocese of Boston. He held three different parish assignments in the Archdiocese from 2000-2010 before his appointment to the Faculty of Saint John’s Seminary as Dean of Men and Director of Pastoral Formation from 2010-2022. In 2022, Fr. Ed was appointed Chaplain to the Catholic School Office, and then Administrator of Sacred Heart Parish in Waltham, MA. In 2025, he was appointed Rector of the Lazarus Center for Healing Shrine in Wakefield, while remaining the Spiritual Director & Liaison for the Office for Homeschooling for the Archdiocese of Boston, and Spiritual Director for the World Apostolate of Fatima within the Archdiocese. He is a perpetually professed member of the Institute of Jesus the Priest of the Pauline Family.
Con la llegada de la Cuaresma, me encontré reflexionando sobre mi vida de oración y sus comienzos. Al crecer, Dios y la Iglesia siempre estuvieron presentes, entretejidos en la trama de mi vida; a través de la Misa dominical, la oración antes de la cena y las oraciones antes de dormir cada noche. Aun así, a medida que crecí, Dios se sentía distante. Amoroso, sí, pero lejano. Imaginaba a Dios y a Jesús en algún lugar más allá de las nubes, escondidos en un sitio llamado cielo que se sentía abstracto y apartado.
El cáncer cambió eso. Trajo a Dios a la tierra.
Tenía dieciocho años cuando me diagnosticaron. Una de las primeras cosas que hicieron mis padres fue colocar mi crucifijo y una pequeña estatua de madera de la Virgen María sobre la mesa de noche en mi habitación del hospital, testigos silenciosos de lo que pronto se desarrollaría allí. También me dieron mi primer rosario, que incluía un folleto con instrucciones para rezarlo. “Es hora que tengas uno propio”, me dijo mi padre.
Tener el rosario sobre la mesa junto a mi cama del hospital me recordaba el rosario de mi padre en su propia mesa de noche en casa. Su presencia, junto con mi crucifijo y la figura de María, se sentía como un gran abrazo. Eran un símbolo no solo del amor de mis padres, sino también de su fe y confianza en Dios.
Esa primera noche, sosteniendo entre mis manos las cuentas de vidrio azul claro, viendo cómo la luz fluorescente se reflejaba en sus facetas con un destello, me envolví el rosario en las manos y comencé a rezar. Rezar el rosario se sentía reconfortante y tranquilizador. La familiaridad de los pasajes bíblicos que acompañaban los misterios y la repetición de las oraciones pronto se convirtieron en un refugio, una fuente de calma en medio del miedo y la agitación de mi diagnóstico.
Muy pronto, rezar el rosario se convirtió en mi ritual antes de dormir; una oportunidad para conectarme con Jesús y María y permitir que su ejemplo moldeara mi vida. Pronto me encontré pasando más tiempo conversando con Dios y con la Santísima Madre. Aunque entonces no lo sabía, estaba construyendo la memoria muscular para una vida con más oración, una vida más cercana a Dios.
En ese tiempo, no era la única que rezaba. Las personas a mi alrededor también rezaban. Mi familia y amigos asaltaban el cielo en mi nombre. Amigos de amigos rezaban. Mi parroquia rezaba. Todo el convento de mi tía abuela rezaba. Profesores y estudiantes de mi universidad rezaban. Incluso personas que nunca había conocido rezaban por mí y por mi familia. La oración parecía deslizarse suavemente en cada rincón de mi vida; y poco a poco, de manera inconfundible, comencé a sentir su poder y su gracia.
Ahora, años después, cuando la Cuaresma está por comenzar, me encuentro regresando a aquellas oraciones en la habitación del hospital con gratitud y humildad. Me doy cuenta que la vida de oración que echó raíces en aquella cama de hospital hace tanto tiempo, sigue dando forma a mis días, acercándome cada vez más a un Dios que sigue estando muy presente aquí en la tierra, cercano y atento.
Que tu Cuaresma sea un tiempo de reflexión y renovación, que crezcas en tu relación con nuestro Dios, que no es distante ni abstracto, sino que está aquí, a nuestro lado.
Deb Egan grew up in a Catholic family. Throughout her adult life, she has participated as a church volunteer in many capacities, including teaching Religious Education, being a Eucharistic Minister and Lector, Ministering to the elderly and homebound, and Facilitating Small Faith Groups. She has been trained by Evangelical Catholic and became a member of the Build the Faith Team in April of 2017.
Hay momentos en la vida en los que una práctica espiritual que antes parecía difícil, confusa o incluso intimidante, de pronto empieza a tener sentido. Para mí, el Ayuno de Daniel ha sido una de esas prácticas.
Hace años, cuando escuché por primera vez sobre él, lo veía sobre todo como una dieta, un sacrificio físico o una prueba de fuerza de voluntad. Me acerqué con entusiasmo, pero también con una comprensión superficial de su significado más profundo. Con el tiempo y la madurez, he llegado a comprender algo mucho más profundo sobre este ayuno. Recientemente, volví a retomarlo, y lo que descubrí se sintió como una invitación silenciosa de Dios a regresar, no solo a la disciplina, sino a sus enseñanzas.
El Ayuno de Daniel tiene sus raíces en el relato bíblico del profeta Daniel, quien decidió abstenerse de manjares y comidas exquisitas para buscar a Dios con mayor claridad y devoción. No fue un ayuno impulsado por la negación por sí mismo, sino por la consagración, por el deseo de apartarse para un propósito sagrado.
Lo que ahora entiendo, de una manera que antes no comprendía, es que el Ayuno de Daniel tiene menos que ver con lo que quitamos de nuestros platos y más con el espacio que creamos en nuestras almas.
Cuando simplificamos nuestras comidas, también se nos invita a simplificar nuestras vidas. A aquietar el ruido. A ir más despacio. A orar con mayor intención. A escuchar con más atención. A desprendernos de la comodidad y el control, y a volver a unir nuestros corazones a la presencia de Dios.
Al volver a estas enseñanzas, me di cuenta de cuán a menudo abordamos las disciplinas espirituales con una mentalidad de rendimiento: ¿Cuánto tiempo puedo resistir? ¿Qué tan estricto puedo ser? ¿Cuánto puedo soportar? Pero el Ayuno de Daniel no está destinado a ser una competencia espiritual. Es una conversación espiritual. Es un acto de humildad que dice: “Señor, te necesito más de lo que necesito la conveniencia, la indulgencia o la distracción”.
Con la madurez, también he aprendido a vivir este ayuno con gracia en lugar de rigidez. Hay temporadas de salud, demandas familiares y realidades emocionales que influyen en cómo participamos. A Dios no le impresiona nuestro sufrimiento; le conmueve nuestra sinceridad. Lo que más importa no es la perfección, sino la postura: la postura de un corazón que anhela acercarse más a Él.
Esta comprensión renovada ha cambiado la forma en que comienzo en el ayuno. Ya no lo veo como algo que hago para probar mi devoción. Lo veo como algo que recibo como una invitación a una entrega más profunda. Y justo cuando pensé que estaba entrando en esta temporada con madurez espiritual y excelencia logística… la vida real me recordó suavemente quién estaba realmente al mando.
Este año, estaba lista. Planeé mi ayuno. Abastecí mi cocina. Tenía mis comidas organizadas. Me sentía espiritualmente preparada y nutricionalmente ordenada. Llegó el día uno…
…y me desperté con un resfriado terrible.
No un resfriado leve. No un “tómate un té y sigue adelante”. Un resfriado completo, con dolores en todo el cuerpo, presión en los senos nasales y varios días obligada a quedarme en cama.
Adiós a mi inicio perfectamente planeado del Ayuno de Daniel.
Obviamente, he tenido que ajustarme. Hubo caldos. Aparecieron galletas de soda como invitadas sorpresa. Los medicamentos se unieron al menú. Y mi plan original rápidamente se convirtió en una lección de humildad, flexibilidad y de escuchar a mi cuerpo.
¿Y sabes qué? Ese ajuste terminó siendo parte del ayuno mismo, porque la realidad es esta: ayunar no se trata de aferrarse tercamente a un manual de reglas ignorando la sabiduría, la salud y la realidad. Se trata de entrega. De discernimiento. De obediencia, no de actuación.
A veces, el ayuno al que Dios nos invita no es el que planeamos meticulosamente, sino el que es moldeado por circunstancias que nos recuerdan que somos humanos, dependientes y profundamente necesitados de gracia.
Y en ese desvío inesperado, recordé una vez más que a Dios le interesa mucho más nuestro corazón que nuestra ejecución impecable de las disciplinas espirituales. Así que, ya sea que tu ayuno comience con jugos verdes y mañanas silenciosas… o con un resfriado, una taza de caldo y una caja de pañuelos…
…que esta temporada de entrega y búsqueda te lleve, no al agotamiento ni a la presión espiritual, sino a la claridad, la paz y a una intimidad más profunda con el Señor que anhela encontrarte en el silencio.
Claudia and her husband Juan have shared many wonderful years together in Houston. As their four amazing kids are almost all gone to college, the couple is finding joy in spending more time in Claudia’s hometown of Valledupar, Colombia, embracing the chance to be closer to their family.
A passionate entrepreneur, Claudia’s spirit shines through her flourishing online women’s accessories business. Though the past four years have brought with them the challenge of chronic pain, she has persevered, her faith unshaken. Through this journey, her relationship with God has blossomed, and she is filled with gratitude for the blessings in her life.
In the face of adversity, Claudia remains a beacon of hope and acceptance, understanding that His Will guides her path. With unwavering optimism, she openly shares her testimony, inspiring others with the knowledge that, through faith and love, things can always get better.
Hace varios años, me encontraba en un vuelo desde Miami, y a mi lado estaba en un joven que parecía inquieto. Se movía constantemente, a veces invadiendo mi espacio, y gemía. Antes del despegue, su teléfono sonó varias veces y contestó las llamadas en español. Estaba incomodo con su comportamiento y pensé en decir algo, pero guardé silencio. Para mis adentros, no me alegró haber quedado sentado a su lado.
Su teléfono sonó una última vez cuando el avión comenzaba a rodar por la pista, y él atendió la llamada. Cuando terminó, la mujer del asiento de la ventanilla le preguntó si estaba bien. Él le dijo que su padre había muerto y que lo quería mucho. Iba de camino a reunirse con sus hermanos para el funeral.
Me sentí mal por haber juzgado al pobre hombre sin considerar que podría estar sufriendo, y que su sufrimiento quizá era mucho mayor que mi pequeña molestia. Le pregunté por su padre y le dije que sentía mucho su pérdida. Como gesto de solidaridad, le ofrecí una bolsa de zanahorias que llevaba guardada en mi maletín, la cual aceptó con gusto. Cuando el avión aterrizó, le deseé lo mejor. Me dio las gracias por mis palabras y por las zanahorias, que aún estaban en la bolsa sin abrir.
Conocer la razón por la que el hombre se movía inquieto, gemía y atendía llamadas transformó mi enojo en empatía. Ya no lo veía como un pasajero molesto, sino como un alma herida. Nuestro breve intercambio me recordó que cada persona tiene una historia; que lo que observamos en la superficie ofrece apenas la más mínima pista de quiénes son y de lo que han vivido, y que juzgar duramente a alguien basándonos en información tan limitada es incompatible con el segundo gran mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo.
El Diccionario de Cambridge define la empatía como “la capacidad de compartir los sentimientos o experiencias de otra persona imaginando cómo sería estar en su situación”. La empatía nos impulsa a actuar con bondad. Nuestra comprensión y sensibilidad ante el dolor de los demás nos motivan a brindar sanación y consuelo. Nos lleva a seguir los ejemplos y enseñanzas de Jesús y de sus apóstoles, actuando con compasión hacia todas las personas que encontramos.
El Papa León, aunque no utilizó la palabra, habló de la empatía en su homilía de Navidad. Al referirse a algunos de los sufrimientos terribles que se están infligiendo actualmente a personas en todo el mundo, citó al Papa Francisco, quien dijo que “Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás”, y que “entremos en la realidad de la vida de otras personas y conozcamos el poder de la ternura”. Con sus propias palabras, el Papa León añadió: “Cuando la fragilidad de los demás penetra en nuestros corazones, cuando su dolor rompe nuestras certezas rígidas, entonces la paz ya ha comenzado”.
Es imposible para nosotros conocer todas las luchas que enfrentan los demás. El sufrimiento individual se pierde con demasiada facilidad en los informes sobre cifras enormes de víctimas de la violencia, el hambre y la enfermedad. Las falsas acusaciones contra desconocidos inocentes, así como nuestro propio miedo y apatía, pueden cegarnos ante la realidad y las causas de la desesperación de nuestros prójimos.
Jesús nos llama a ir más allá de la superficie y a reconocer la humanidad de cada persona. Con sus palabras y su ejemplo, nos exhorta a ver a todos a través de una mirada de comprensión y amor. A través de líderes como el Papa Francisco y el Papa León, nos invita a empuñar la empatía como un salvavidas para un mundo atribulado.
Don Frederico is a writer and retired lawyer living in Mashpee, Massachusetts, where he serves as a Lector at Christ the King Parish. Before he retired, Don served on the boards of several nonprofits, including as President of the Boston Bar Association and Board Chair of the College of Wooster. Don also has taught courses at Cornell Law School and Boston College Law School. He authors the Substack “Reflections of a Boston Lawyer,” and hosts a podcast called “Higher Callings.” Don is currently writing a memoir focused on his life, his work, and his faith journey.
Han pasado ocho años desde la muerte de Christina Dangond, y sin embargo lo que permanece no es simplemente un recuerdo moldeado por el tiempo, sino una vida transformada por la gracia. La gracia tiene una manera de hacer lo que el tiempo por sí solo no puede: no borra el dolor, sino que lo profundiza hasta convertirlo en significado; no atenúa la pérdida, sino que la abre a la esperanza. En estos ocho años, el dolor que rodeó la muerte de Christina no ha desaparecido, pero ha sido recogido, purificado y silenciosamente transformado por Dios en algo nuevo. Lo que perdura no es solo el amor por Christina, sino la gracia que continúa fluyendo a través de su vida: una gracia que aún habla, enseña y nos señala más allá de sí misma.
Christina tenía solo once años cuando murió. Su vida, según los estándares del mundo, fue dolorosamente breve. Sin embargo, en esos años, especialmente los últimos marcados por la enfermedad, su vida adquirió una claridad y una profundidad que muchos nunca alcanzaran. Ella no explicó el sufrimiento; no resolvió el misterio del dolor, pero nos señaló un camino mientras permanecía firmemente dentro de él.
Un signo no existe para sí mismo. No nos pide que nos detengamos a admirarlo. Un signo dirige la mirada, el corazón, al caminante hacia algo más allá. En la imaginación cristiana, una vida santa funciona de este modo: transparente, orientadora, silenciosamente luminosa. La vida de Christina; tan llena de color, alegría, confianza y fe de niña, se convirtió en ese signo, señalando no hacia sí misma, sino hacia el cielo.
Incluso en la enfermedad, Christina resistió la oscuridad, no mediante la negación, sino mediante la presencia. Vivía con una notable atención al momento presente. No esperaba a sanar para comenzar a vivir; no posponía la alegría hasta que el sufrimiento terminara. Ya fuera regresando de largos tratamientos hospitalarios o soportando días agotadores de quimioterapia, insistía en hacer sus tareas, en participar de la vida, en recibir cada día como un regalo. En esto, enseñó algo profundamente teológico sin usar jamás un lenguaje teológico: Dios se encuentra en el momento presente.
Hay muchas historias hermosas dentro de la vida de Christina. Una de mis favoritas sigue siendo la siguiente. Mónica, la madre de Christina, le preguntó una vez: “Christina, ¿cómo sería un día perfecto para ti?” Mónica imaginaba que Christina podría decir: “Cuando ya no tenga cáncer”, o “Cuando terminen mis tratamientos de quimioterapia”, o tal vez: “Cuando me vuelva a crecer el cabello”. Christina, sin embargo, hizo una pausa y reflexionó sobre la pregunta. En lugar de ofrecer alguna de esas respuestas, dijo: “El día perfecto sería aquel en el que realmente sepa que he hecho todo lo que Dios esperaba de mi”.
Quizás el signo más claro que Christina nos ofreció fue su confianza extraordinaria en Dios. Si hubo una oración que dio forma a su joven corazón, fue simple e inquebrantable: Jesús, en ti confío. Esas palabras —Jesús, en ti confío— se convirtieron en algo más que una frase. Se convirtieron en su actitud ante Dios. No luchaba con Dios desde el miedo; se aferraba a Él en la entrega.
En un momento dado, le pidió a su madre si podía añadir una oración a sus oraciones diarias. Cuando le preguntaron qué quería decir, Christina respondió: “Quiero decirle a Dios que Él puede hacer lo que quiera con mi vida”. Pocos adultos llegan a una entrega así después de toda una vida de fe. Christina llegó allí siendo una niña. En ella, la confianza no fue resignación: fue libertad.
Ocho años después, muchos siguen haciendo las mismas preguntas que se hacían entonces: ¿Por qué? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué una pérdida así? El cristianismo no ofrece respuestas fáciles a estas preguntas. Lo que ofrece, en cambio, es presencia y promesa. La promesa que el sufrimiento no está vacío. La promesa que el amor es más fuerte que la muerte. La promesa que el cielo no está distante cuando se confía plenamente en Dios.
Christina no se convirtió en un signo porque murió joven. Se convirtió en un signo porque vivió fielmente… porque confió sin condiciones… porque aceptó cada día como un regalo… porque mostró que la santidad no se mide por los años, sino por el amor. Christina todavía nos señala el camino a casa.
Ocho años después, no solo recordamos a Christina, sino que seguimos hacia donde ella señaló. Su vida; breve, luminosa y entregada, continúa dirigiendo nuestra mirada más allá de lo visible, más allá de lo que puede explicarse, hacia la promesa del cielo que a ella la atraía de manera tan natural.
Ella permanece para nosotros como un signo: no reteniendo nuestra atención, sino elevándola. No llevándonos hacia dentro, sino hacia arriba. Al mirar hacia donde ella señaló, nos encontramos de pie, llenos de asombro, ante un misterio más grande que la pérdida, más grande que el sufrimiento, incluso más grande que la muerte misma.
Es así, como no terminamos con respuestas, sino con alabanza, con el canto que una vez acompañó nuestra despedida y que ahora acompaña nuestra esperanza:
“Y su gloria aparece como la luz del sol. De edad en edad Él resplandece. Oh, mira a los cielos, escucha a los ángeles clamar, cantando: ‘Santo es el Señor’.” (Canción de Brooke Fraser y Hillsong)
Ocho años después de su partida, puedo hablar personalmente de los frutos que he visto a través de la intercesión de Christina en el cielo. A través de su testimonio, mi propia comprensión del sacerdocio se ha profundizado, sino como algo que se administra, más como algo que se entrega. El Instituto de la Sagrada Familia de “Boston”, nunca habría surgido sin la gracia que broto de su vida, este continúa creciendo, abriendo caminos hacia una mayor santidad en la vida familiar. Los retiros anuales de hombres y mujeres en Damasco han perdurado y dado fruto, atrayendo corazones de nuevo a Dios, y la organización sin fines de lucroBuild the Faithha ampliado su misión, ayudando a construir iglesias, conventos y casas de retiro en regiones económicamente deprimidas alrededor del mundo. Estos no son logros: son regalos del cielo.
Fr. Michael Harrington, a native of Swampscott, MA, is a Catholic Priest for the Archdiocese of Boston, and Currently the Pastor of St. Mary’s of the Annunciation Catholic Church in Cambridge. In the past he served as The Director of the Office of Cultural Diversity for the Archidiocese of Boston and is currently a Consecrated member of the Institute of Jesus the Priest (the Pauline Family).
¿Sabían que la naturaleza tiene su propia espiritualidad? Por medio de ella podemos conectarnos con nuestro interior y en su presencia se nos llena el alma de Dios. ¿Quién de ustedes no ha recorrido un bosque, subido montañas o caminado a la orilla del mar sin recobrar su ser más profundo relacionado con Dios que está presente en la naturaleza?
Hoy quiero compartirles algo que aprendí en una clase del profesor Ron Rolheiser OMI1, sobre la espiritualidad de la naturaleza. Ella también es hija de Dios, nos habla de Dios y será redimida igual que nosotros. El sol, la luna, el agua, los vientos, la lluvia, las rocas, el fuego, los desiertos, los océanos, las montañas, las praderas, la nieve, el hielo, el calor, el frío y toda la geografía juegan un papel muy importante y profundo en nuestras almas.
Reflexionemos sobre nuestra conexión con la naturaleza, no siempre la tenemos en cuenta. Deberíamos dejar que la geografía de forma a nuestras almas, y que nuestros sentidos (vista, olfato, gusto, oído, tacto) se involucren como en un Sacramento. En el Bautismo el agua fresca, gratificante y cristalina nos lava de nuestros pecados, en la Confirmación y la Unción de los enfermos, el aceite es suave en la piel y su olor nos impregna mientras nos sana. Hoy en día nuestras vidas están divorciadas de la naturaleza; ya no estamos conectados con el aire que respiramos ni con los alimentos que comemos. Nuestra espiritualidad será más sana cuando reconozca que, con la naturaleza, formamos una conexión simbiótica con toda la energía y con la fuente de toda energía, Dios.
Esto nos lleva a pensar que la naturaleza (en latín nacer) tiene un alma análoga al alma humana. ¿Has pensado alguna vez en la vida de los árboles? Decimos que tienen un ciclo porque nos enseñan a desarrollarnos, crecer, dar fruto, tener paciencia, envejecer y morir. Yo creo que soy como las Palmeras, aunque me gustaría ser como un Jacarandá, ¿y tú a qué árbol te pareces?
Muchos santos y santas nos han enseñado sobre la conexión de nuestras almas con la naturaleza. San Pablo en sus cartas afirma que la naturaleza nos habla de Dios y que ésta será redimida como parte de toda su Creación. San Francisco quería decirnos algo de esto cuando personificaba la naturaleza e intentaba un diálogo consciente con el campo, el bosque, el cuerpo, al cantar al hermano sol, hermana luna y todas las creaturas. San Ignacio de Loyola sugiere que podemos orar por nuestros sentidos: «huele la fragancia infinita y saborea la dulzura infinita de la divinidad, simplemente abraza el árbol que le dio sombra o higos a Jesús, o saborea el agua fresca que bebió camino a Samaria». Es una forma de oración que él usó observando la naturaleza en el río Cardoner, donde Dios le mostró todo el mundo a la vez. Esta práctica de deleitarse en la creación de Dios puede conducir a una oración más profunda. Detenerse y escuchar a Dios en la naturaleza es poderoso. Este “libro abierto de la naturaleza” nos enseña nuevas perspectivas sobre Dios, especialmente a encontrarlo en todas las cosas.
Autores modernos también nos enseñan la relación de Dios con su creación y con nosotros mismos. Dios es amante de la Tierra, dice Elizabeth Johnson, es un “Dios ecológico” en relación con la creación y la humanidad. Peter Wohlleben, en su libro La vida oculta de los árboles, explora cómo la naturaleza física, al igual que los árboles, puede ayudar a moldear el alma, posiblemente porque los árboles poseen alma propia. Nos anima a reducir la velocidad, respirar profundamente y observar nuestro entorno. ¿Qué oyes? ¿Qué ves? ¿Qué sientes? Los árboles, al igual que nuestra vida espiritual, trascienden nuestra imaginación, traen alegría y nutren nuestra capacidad de asombro, ya sea grande o pequeña.
Los invito a que comencemos el año caminando juntos por el bosque de nuestras vidas para que el libro abierto de la naturaleza —por medio de lo que oímos, vemos y sentimos— nutra tanto nuestro cuerpo como nuestra alma.
¡Que María, Madre de Dios, Madre Nuestra y Reina de toda la Creación, camine con nosotros! Amen
1 El padre Ron Rolheiser OMI es un orador reconocido, popular en los ámbitos de la espiritualidad contemporánea, la religión y el mundo secular. En agosto de 2005, asumió la presidencia de la Escuela de Teología de los Oblatos en San Antonio, Texas. Se jubiló de ese cargo en septiembre de 2020 y continúa formando parte del profesorado a tiempo completo.
Paula Gómez Victorica was born in Buenos Aires, Argentina, and lived in Massachusetts from 2001 until December 2024. She is a Certified Spiritual Director and is trained in accompanying individuals through the Spiritual Exercises of St. Ignatius. She is currently completing a Graduate Certificate in Ignatian Spirituality at the Clough School of Theology and Ministry at Boston College, where she also taught Biblical Spirituality through asynchronous online courses.
For the past three years, she served as the Director of Faith Formation and Coordinator of the Hispanic Community at St. Ignatius Jesuit Parish. Since moving to San Antonio in 2025, Paula has continued her ministry as the Ministry and Liturgy Coordinator at a local parish and at the Oblate School of Theology (OST).
Desde que mi hija Christy regresó a los brazos de Dios en enero de 2018, cada comienzo de año ha traído para mí una mezcla profunda de sentimientos. Enero dejó de ser simplemente el inicio de un nuevo calendario, para convertirse en un recordatorio del mes en que mi corazón se partió… y, al mismo tiempo, comenzó una nueva misión.
Aún recuerdo aquellas últimas navidades: días llenos de un amor inmenso, envueltos en silencio y lágrimas ocultas. Toda nuestra familia había llegado desde Colombia para estar con nosotros, sin saber que, más que celebrar la navidad, estábamos apreciando los últimos días de la vida de Christy. Ella no estaba bien; su salud se estaba deteriorando y el tiempo se escapaba. En esos días, compartimos recuerdos que, sin darnos cuenta, sostendrían nuestros corazones por el resto de nuestras vidas.
Dicen que el tiempo cura las heridas, pero yo no lo siento así. Para mí, el tiempo se detuvo aquel Enero. No hay un día que pase sin que recuerde a Christy, sin que reviva el último abrazo. Una madre nunca sana por completo de la pérdida de un hijo. Pero hoy, ocho años después, puedo decir que en medio del dolor he encontrado un gozo que solo el Espíritu Santo puede dar.
Ese gozo nace de ver cómo las palabras de Christy se han hecho realidad: “Mi cáncer es un buen cáncer, que va a acercar a un ejército a Dios.”
Y cuánta razón tenía. He visto con mis propios ojos cómo su “buen cáncer” ha tocado vidas en comunidades alrededor del mundo. He visto esperanza nacer donde parecía no haberla, y fe reconstruirse en corazones rotos. He visto mujeres entrar a un retiro destrozadas, sintiéndose poca cosa, y salir con un brillo en los ojos que solo puede venir de un encuentro personal con Dios. He visto sacerdotes en Ghana recibir su ordenación en una iglesia construida gracias al amor y la fe de personas al otro lado del mundo. He visto niños en Colombia recibiendo los sacramentos por primera vez, parejas uniendo sus vidas en matrimonio en Nicaragua, jóvenes en Argentina recibiendo acompañamiento espiritual de las hermanas en su convento, y una comunidad en Camerún asistiendo a la misa de Ramos bajo la estructura aún sin terminar de su futura iglesia.
Cada una de esas escenas es un testimonio vivo de lo que Dios puede hacer cuando le decimos “sí”. Por eso, al comenzar este nuevo año 2026, mi alma no se llena de nostalgia, sino de celebración. Este es un año de gratitud: el año en que Build the Faith,la organización sin ánimo de lucro fundada por nuestra familia e inspirada por la fe inquebrantable de Christy, cumple diez años. Diez años acompañando almas, construyendo Iglesias y llevando la oración a hogares alrededor del mundo; diez años llevando el testimonio y fe de Christy a nuevos corazones; diez años de ver los frutos del dolor convertidos en amor; diez años que son testimonio de que Dios es justo, fiel y cercano.
Recuerdo con claridad una conversación que tuve con Christy durante un viaje a España. Ella lloraba porque sentía que no tenía trofeos que mostrar en el colegio, mientras sus amigas sí. Yo le respondí: “El trofeo que tú tienes es tan especial que solo puede verse desde el Cielo. Aunque tú no lo veas, te has ganado la llegada al cielo con todas las almas que has acercado a Dios con tu ‘buen cáncer’.” Ella me miró, me abrazó y me dijo con una sonrisa: “Entonces no necesito ninguno aquí en la tierra.”
Desde que comenzó este hermoso legado que nos dejó Christy, han sido años de dolor, de miedo, de tropiezos… pero también años llenos de esperanza, fe, caridad y muchísimo amor.
Recuerdo perfectamente cómo nació Build the Faith. Un día le conté a Christy que un sacerdote en Colombia no tenía recursos para construir su iglesia. Ella, con su corazón noble, no podía creer que hubiera niños sin un lugar para recibir la Eucaristía. Como le encantaban las manualidades, le propuse que hiciéramos rosarios para vender y ayudar al sacerdote.
A ella le encantó la idea. Y así, entre sesiones de quimioterapia, comenzó a hacer rosarios mientras compartía en su página de Facebook mensajes de fe, fortaleza y alegría. Un día subió un video mostrando su primer rosario, y en cuestión de minutos llegaron más de 250 pedidos. Sin esperarlo, su pequeño gesto de amor había encendido algo grande. Familiares y amigos se unieron, y en un solo fin de semana logramos completar las primeras órdenes. Sin saberlo, ese día nació Build the Faith.
De rosario en rosario, de oración en oración, con el apoyo de Dios, de nuestra familia, amigos, sacerdotes, voluntarios, escuelas y benefactores, fuimos construyendo no solo iglesias físicas, sino una comunidad viva de fe.
Muchas veces no damos el primer paso porque creemos que no tenemos el tiempo, los recursos o la preparación suficiente. Pero cuando entregamos al Señor nuestras cruces, nuestras fortalezas y también nuestras debilidades, Él hace lo imposible posible. Así nació Build the Faith: de un corazón sufriente, surgió una obra viva del Espíritu Santo. De una pérdida inmensa, floreció una misión que sigue construyendo esperanza alrededor del mundo.
Hoy, mi gozo no nace de la ausencia del dolor, sino de ver cómo Dios transforma cada lágrima en vida, cada herida en testimonio, y cada cruz en un puente hacia el Cielo.
Gracias, Señor, por permitirnos trabajar de tu mano para seguir edificando la fe. Gracias, a la familia de Build the Faith por su apoyo. Gracias, mi Christy, por enseñarnos que los trofeos más grandes solo se ven desde el Cielo. Jesús, en Tí Confio.
Monica Lacouture was born and raised in Colombia, South America. She moved to the United States in 1995, where she and her husband, Fernando, married and were blessed with three children—Daniel, David, and Christina, whose unwavering faith became the inspiration behind Build the Faith.
Although raised Catholic and educated in parochial schools, Monica describes much of her adult life as that of a “lukewarm” Catholic. That changed unexpectedly in late 2012 when she attended a retreat and had a profound personal encounter with Jesus. She had no idea at the time how much she would come to rely on this renewed faith just three months later, when her daughter Christina was diagnosed with terminal cancer.
Throughout Christina’s battle, Monica’s faith deepened, sustained by her daughter’s extraordinary trust in Jesus. In 2016, inspired by Christina’s unwavering faith, Monica and Fernando founded Build the Faith. As President of the organization, Monica feels blessed to carry forward Christina’s legacy, spreading faith and hope to others.