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En nuestra casa, te meterías en problemas si no colocaras tu plato en el lavavajillas. En nuestra casa, estarías en grandes problemas si caminaras por la cocina con botas de trabajo sucias. ¡En nuestra casa, correrías el riesgo de algo cercano a la excomunión si dejaras una toalla mojada sobre la cama!
Todos los hogares tienen reglas. Puede que sean un poco más relajadas si vives solo, pero aun así, las reglas que aprendemos de nuestros padres se convierten en normas personales que ayudan a que la vida funcione mejor.
Lo mismo sucede en la sociedad. Hay reglas y normas, solo que las llamamos leyes. Cumplen un propósito similar: asegurar una convivencia ordenada y armoniosa, y proteger el respeto, la justicia y la igualdad para todos. Hace unos tres mil años, Moisés recibió la ley moral de Dios en forma de los Diez Mandamientos. Estos mandamientos no fueron dados como una carga, sino como un regalo. Tradicionalmente se dividen en dos partes: los primeros tres guían nuestra relación con Dios, y los siete restantes rigen cómo debemos tratarnos unos a otros. De aquí surge una pregunta importante: ¿qué ganamos al cumplir estos mandamientos? Sabemos lo que ocurre al obedecer las reglas del hogar: una casa más limpia y menos discusiones. Sabemos lo que ocurre al obedecer las leyes de la sociedad: una comunidad más justa y pacífica. Entonces, ¿qué nos dan finalmente los Diez Mandamientos?
Hace algunos años, un experto en negocios escribió un libro muy influyente sobre los siete hábitos principales de las personas exitosas. El libro vendió millones de copias. En su libro, el autor identificó patrones de comportamiento comunes en quienes tienden a tener éxito en la vida. Una de las razones por las que el libro tuvo tanto impacto es que sus principios coinciden con la naturaleza humana: simplemente tienen sentido. El segundo hábito que describe es este: comenzar con el fin en mente. De hecho, hacemos esto con frecuencia. Cuando nos subimos a un auto, tomamos la primera dirección según el destino al que queremos llegar. Cuando elegimos una carrera, escogemos nuestra educación pensando en ese propósito. Pero ¿qué pasa con la vida misma? ¿Con qué frecuencia pensamos conscientemente en el destino final de nuestra vida? Cada mañana que nos levantamos, estamos un día más cerca de nuestro destino eterno, y Jesús nos invita a vivir cada día con el cielo como meta.
Los Mandamientos no son reglas pasadas de moda; son un mapa que nos guía hacia la vida para la cual fuimos creados y hacia el destino al que nos dirigimos. Para llegar allí, Jesús nos pide mirar profundamente nuestro corazón. No basta con decir que no hemos matado si guardamos ira. No basta con decir que somos fieles si nuestros pensamientos traicionan ese compromiso. No basta con decir que no hemos robado si privamos a otros de dignidad o justicia.
Cada nuevo día se convierte en una invitación renovada a vivir con el fin en mente. El cielo puede parecer lejano ahora, pero si seguimos nuestro camino viviendo los mandamientos, sabremos que nuestra brújula moral apunta en la dirección correcta.
La buena noticia es esta: Dios nunca nos pide caminar solos. La gracia acompaña cada mandamiento y, en la confesión, la misericordia nos encuentra cada vez que fallamos. Cuando nos esforzamos por vivir la ley de Dios por amor, comenzamos a experimentar desde ahora un anticipo del cielo. Nuestros hogares se vuelven más pacíficos, nuestras comunidades más justas, nuestros corazones más libres. La ley de Dios no es una limitación, es una invitación: invitación a ser quienes fuimos creados para ser y a caminar con confianza hacia la alegría que nos espera.
Si realmente comenzamos con el fin en mente y confiamos en Dios lo suficiente como para seguir el camino que nos ha trazado, un día descubriremos que las reglas nunca se trataron de restricciones, sino de ofrecernos un mapa para regresar a casa, a nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Deacon Brendan Brides , a native of Ireland, was educated by the Presentation Brothers in Cork City, Ireland. Deacon Brendan emigrated to the United States in 1986. Shortly thereafter, he met his wife, Gail. They married in the early nineties and have resided in Sandwich ever since. They have a son, Patrick, who grew up attending religious education and serving as an altar server for many years at Christ The King Parish. Patrick now serves in the United States Navy. Deacon Brendan worked for many years as a building contractor on Cape Cod where he oversaw the construction of many fine houses in his career. In 2013 he decided to accept a position as building commissioner for a local municipality. He continues in that position today.
After his ordination by Bishop Coleman to the permanent diaconate in 2013, Brendan was transferred to Saint Johns in Pocasset. He spent six and a half years there serving the people of Bourne. He and his wife Gail returned to Christ the King in 2021 and although they sincerely miss the great people of Saint Johns, they are very happy to be back at their home parish of Christ the King. Besides being active at Christ the King, Deacon Brendan is currently a mentor for gentleman that is going through the permanent deacon program and he is also actively involved in assessing the latest class of applicants to the permanent diaconate for the Diocese of Fall River.
