Un regalo de Día de las Madres para Nuestra Señora
Cada año, cuando se acerca el Día de las Madres, los hijos, ya tengan seis años o sesenta comienzan a hacerse la misma pregunta: ¿Qué puedo regalarle a mi mamá?
Algunos llevan rosas
Algunos escriben una tarjeta
Algunos hacen una llamada
Algunos preparan una comida
Algunos simplemente ofrecen su tiempo, porque saben que la presencia en sí misma puede ser un regalo.
Detrás de cada regalo del Día de las Madres hay un mensaje más profundo: “Gracias, te amo, no he olvidado lo que has hecho por mí.” Y hoy, como hijos de la Iglesia, surge otra pregunta en nuestro corazón: ¿Qué podemos regalarle a Nuestra Señora, María, en el Día de las Madres? Porque ella es nuestra madre del cielo.
Por supuesto, a diferencia de nuestras madres terrenales, no podemos poner un regalo envuelto en sus manos. No podemos tocar la puerta de Nazaret. No podemos dejar flores sobre su mesa. Sin embargo, quizá sí podemos; no de la manera ordinaria, sino en el lenguaje de la fe.
Si a nuestra mamá le daríamos rosas, podemos darle a Nuestra Señora un Rosario. Hay algo eterno en las rosas; su belleza, su fragancia, sus delicados pétalos, cada una parece decir: “Eres amada.” Muchos hoy llevarán flores a sus madres, pero ¿qué podemos poner en las manos de Nuestra Señora? Podemos poner un Rosario. Los santos lo llamaban una corona de rosas. Cada Ave María es como una rosa ofrecida con amor, cada decena se convierte en un ramo, cada misterio en un jardín. Tal vez este Día de las Madres, las flores más hermosas que podamos ofrecerle no se encuentran en una floristería, sino en diez minutos de oración: una cuenta, un Ave María, una rosa a la vez.
Si a nuestra mamá le daríamos una tarjeta, podemos darle a Nuestra Señora una carta escrita en oración. Las tarjetas suelen decir lo que más cuesta expresar en voz alta: gracias por tus sacrificios, gracias por creer en mí, gracias por amarme cuando era difícil amar. No podemos enviar una tarjeta al cielo, pero sí algo aún más valioso:
Una oración
Un susurro del alma
Un momento a solas frente a una imagen suya.
Quizá la mejor “tarjeta” sea hablar desde el corazón:
“Madre María, gracias por tu ‘sí’.”
“Gracias por permanecer al pie de la Cruz.”
“Gracias por no rendirte conmigo.”
“Gracias por orar por mí, incluso cuando yo olvido orar por mí mismo.”
Si a nuestra mamá le daríamos nuestro tiempo, podemos darle a Nuestra Señora nuestra presencia. Con los años entendemos que las madres no necesitan regalos costosos; lo que más desean es a nosotros, una visita, una llamada, unos momentos sin prisa. Tal vez con la Virgen María sea igual. No necesita nuestras cosas, sino nuestra presencia. Cuando entramos a la iglesia unos minutos más, cuando encendemos una vela, cuando guardamos silencio, cuando nos sentamos con ella como lo hizo San Juan, le ofrecemos algo precioso: no lo que está en nuestras manos, sino lo que está en nuestro corazón.
Si realmente queremos honrar a nuestra Madre, podemos convertirnos nosotros en el regalo. Quizá este sea el mayor de todos. Las flores se marchitan, las tarjetas se guardan, los chocolates desaparecen, pero la mayor alegría de una madre es ver a sus hijos convertirse en personas buenas, santas y llenas de amor. ¿No será lo mismo con nuestra Madre del cielo? Tal vez el mejor regalo no es algo que damos, sino alguien que llegamos a ser: un hijo que perdona, que ora, que confía en Dios, que dice “sí”, como María. Cada vez que elegimos la fe en lugar del miedo, la pureza en lugar del compromiso, la misericordia en lugar del rencor, el amor en lugar del egoísmo, Nuestra Señora sonríe.
Nada hace más feliz a una madre que ver a sus hijos reflejar lo mejor de ella. Así que este Día de las Madres, lleva flores a tu mamá, escríbele una tarjeta, dile que la amas, pero no olvides a tu Madre del cielo:
Ofrécele un Rosario
Ofrécele una oración
Ofrécele tu tiempo
Ofrécele tu corazón.
Fr. Michael Harrington, a native of Swampscott, MA, is a Catholic Priest for the Archdiocese of Boston, and Currently the Pastor of St. Mary’s of the Annunciation Catholic Church in Cambridge. In the past he served as The Director of the Office of Cultural Diversity for the Archidiocese of Boston and is currently a Consecrated member of the Institute of Jesus the Priest (the Pauline Family).
