Bienaventurados los que trabajan por la paz
Nos encontramos en los primeros días del Tiempo de Pascua. Con el dolor de la Semana Santa aún en nuestro horizonte, sin embargo; somos invitados a estos cincuenta días de una alegría sostenida, en ocasiones, una alegría que “persiste a pesar de todo”. Hoy, la voz de Jesús entona su familiar leitmotiv: la paz.
Sin dejarse intimidar jamás por cuestionar sistemas injustos, Jesús es paz. El Niño Jesús abre el velo entre el cielo y la tierra como el Príncipe de la paz. El Rabino predica sobre el “trabajar por la paz” en una montaña llena de gente y llama “Bienaventurados” a quienes están dispuestos a realizar esa obra santa. El siervo sufriente promete paz en medio de la tribulación en la víspera de su propia crucifixión. En su victoria sobre la muerte, Jesús elige el don de la paz para sus amigos más cercanos como una identidad y herencia fundamental del pueblo cristiano. Incluso ahora, antes que Cristo sea ofrecido en el altar eucarístico, cada vez intercambiamos la paz unos con otros para prepararnos a recibir el don más grande de la vida.
Donde Dios es amor, nos muestra el Evangelio, Cristo es paz. El aroma de Jesús es paz. Precede su llegada y permanece en el aire después de su partida.
Cuando éramos niños, todos rezábamos por la “paz en la tierra” como si pudiera caer sobre la humanidad como una manta cálida; una paz simple, sin costo, una paz tan convincente que no dejara fuera a ninguna comunidad ni cultura. Con la adultez llegó el conocimiento que todo alto al fuego es dolorosamente frágil y que ninguna paz duradera se logra sin un costo significativo.
En el Cenáculo, con las manos heridas y el costado aún abierto, Jesús ofrece un don de paz costoso. Es una paz ofrecida a quienes habían cerrado las puertas, a quienes lo abandonaron y a quienes lo negaron. Ofreció paz a quienes lloraban amargamente a sus pies clavados y se encontraban desolados ante un sepulcro vacío; paz a quienes predicaban como se les había mandado y eran considerados testigos poco confiables. Ofreció paz a quienes no creían ni creerían sin pruebas. Era una paz costosa, libre de todo interés propio; una paz que solo Jesús podía dar, pero que, aun así, la dio.
A pesar de este don, no podemos escapar al clamor angustioso por la paz hoy. Es el estribillo inevitable en cada radio, televisión y red social. Nuestro Santo Padre, el Papa León, en su mensaje de Pascua Urbi et Orbi, suplicó: “Que quienes tienen armas las depongan”, que elijan “el encuentro sobre la dominación”; y que “quienes tienen el poder de desatar guerras” elijan la paz. Somos testigos impotentes del aumento de la acción militar directa, de la amenaza de víctimas civiles selectivas y de una retórica cada vez más deshumanizante destinada a justificar tácticas indescriptibles. La paz no solo parece lejana; parece contraria a la estrategia.
La paz en nuestros hogares y en nuestros corazones se siente aún más inalcanzable. Mientras nos aferramos con fuerza a ideologías polarizantes, luchando por tener “la razón” en lugar de ser constructores de paz, el ritmo constante de la desesperanza se convierte en lo único que nos une. Olvidamos el don supremo de Jesús en aquel cenáculo.
Como seguidores de Jesús, formados en las Bienaventuranzas, debemos preguntarnos: ¿dónde está el aroma de paz de Cristo entre nosotros? ¿Es nuestro orgullo un precio demasiado alto para pagar? ¿Es nuestro deseo de dominar demasiado costoso para sacrificar? ¿Es la pérdida de control una herida que no estamos dispuestos a soportar? Nuestro Señor se sometió a todo esto como precio del don de la paz. Él sopló sobre cada uno de nosotros ese don que, de alguna manera, estamos rechazando.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados “Hijos de Dios”. (Mateo 5,9)
Quizás ser constructor de paz no sea solo lo que hacemos, sino quiénes somos; una señal de pertenecer al Amor mismo. Para llevar las marcas de un sacrificio costoso, debemos asumir el aroma de la paz de Jesús. Un constructor de paz respira paz a cualquier costo y, al hacerlo, es reconocido como hijo de Dios.
Nuestro tiempo nos llama a radicalizarnos en la paz, comenzando en nuestros propios corazones. Nos invita a rechazar la tentación de la autosuficiencia moral y a acoger el don de paz de Cristo. Este tiempo nos recuerda que trabajar por la paz es una dimensión y que no se puede separar de la vida cristiana. Ser Hijos de Dios es estar marcados por signos innegables, constantes y costosos de la paz.
Kelly Meraw is the Director of Liturgy, Music, and Pastoral Care for St. John – St. Paul Collaborative in Wellesley, Massachusetts. Kelly earned her Master’s Degree from McGill University, where during her undergraduate studies, she was received into the Catholic Church through the RCIA program at St. Patrick’s Basilica in Montreal, Canada. Kelly brings her deep love of scripture, liturgy, music, and devotion to Church teaching and tradition to her ministry.
In her parishes she leads bible studies; organizes faith sharing circles and social justice initiatives; leads communion, wake and committal services; offers adult faith enrichment programming; and shepherds bereavement ministries.
Currently she finds the undeniable movements of the Holy Spirit and great hope in the process of living as a deeply listening Church. After this first session of the Synod on Synodality she will continue to engage in the communal discernment process offering fulsome and inclusive ways to serve the Church’s current Synod.
