Miedo, aceptación y abandono: Encontrando la paz en la presencia de Dios
El miedo es una de las experiencias humanas más universales. Tememos a la enfermedad, al fracaso, al rechazo, a la incertidumbre, a la pérdida, a la violencia e incluso a la muerte. En un mundo marcado por guerras, inestabilidad económica, divisiones sociales y angustias personales, el miedo parece muchas veces tener la última palabra. Sin embargo, la fe cristiana nos ofrece un camino diferente: la aceptación y el abandono confiado en Dios.
La Biblia habla repetidamente sobre el miedo. De hecho, «No tengan miedo» es uno de los mandatos más frecuentes de la Sagrada Escritura. Por medio del profeta Isaías, Dios tranquiliza a su pueblo diciendo: «No temas, porque yo estoy contigo» (Isaías 41,10). Jesús reafirma este mensaje cuando dice a sus discípulos: «No se turbe su corazón. Crean en Dios; crean también en mí» (Juan 14,1). Estas palabras no niegan la existencia del miedo; más bien, nos recuerdan que la presencia de Dios es más grande que todos nuestros temores.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la confianza en Dios está en el corazón de la vida cristiana. La fe no elimina el sufrimiento ni la incertidumbre, pero nos permite afrontarlos con confianza. La aceptación, en el sentido cristiano, no significa una resignación pasiva. Significa reconocer la realidad tal como es, permaneciendo abiertos a la gracia de Dios y a su acción en medio de ella.
Muchos santos vivieron esta sabiduría. Santa Teresita del Niño Jesús aceptó sus limitaciones y se abandonó por completo a la misericordia de Dios. San Francisco de Sales aconsejaba: «No se desanimen por sus imperfecciones; levántense siempre con renovado valor.» Sus vidas nos enseñan que la paz no proviene de controlar todas las cosas, sino de confiar en Aquel que sostiene el universo en sus manos.
El abandono es, quizás, el paso más difícil. El ser humano busca naturalmente el control y la certeza. Sin embargo, el mismo Jesús nos mostró el camino en el Huerto de Getsemaní cuando oró: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42). El abandono cristiano no significa rendirse o darse por vencido; significa poner nuestra vida, nuestros miedos y nuestras incertidumbres en las manos amorosas de Dios.
El Papa Francisco nos recordó con frecuencia que el miedo puede cerrar nuestro corazón e impedirnos encontrarnos con Dios y con los demás. Nos animó a cultivar la esperanza, sabiendo que el Señor camina con nosotros incluso en los momentos más oscuros de la vida. La esperanza no es un optimismo basado en circunstancias favorables; es una confianza firme arraigada en la fidelidad de Dios.
Hay muchas cosas que no podemos cambiar: el pasado, las acciones de los demás, las pérdidas inesperadas o los acontecimientos que están fuera de nuestro control. Sin embargo, sí podemos elegir cómo responder. Podemos permitir que el miedo nos domine, o podemos aceptar nuestras limitaciones y abandonarnos confiadamente a Dios.
Cuando el miedo aparezca, recordemos que no estamos solos. Dios no promete una vida sin tormentas, pero sí promete su presencia en medio de ellas. La aceptación nos ayuda a abrazar la realidad, el abandono nos abre a la gracia y la fe nos da el valor para seguir adelante. En las manos de Dios, incluso nuestros mayores temores pueden convertirse en caminos hacia una confianza más profunda, una paz duradera y una esperanza renovada.
El espíritu de esta actitud cristiana queda bellamente expresado en la conocida Oración de la Serenidad:
“Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que sí puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia.”
Aunque esta oración suele atribuirse al teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr, refleja una sabiduría profundamente bíblica y atemporal. Nos recuerda que la paz no proviene de controlar cada circunstancia, sino de confiar en la providencia de Dios. La aceptación no significa rendirse a la desesperación; significa reconocer la realidad con fe. El valor nos impulsa a actuar allí donde podemos marcar una diferencia, y la sabiduría nos ayuda a discernir cuándo simplemente debemos poner nuestra vida en las manos de Dios.
Fr. Gabriel Afumbom Tokoh is a priest from the Archdiocese of Bamenda, Cameroon, Africa. He was ordained on Wednesday, March 30, 2016, after completing his Philosophical and Theological studies at St. Thomas Aquinas Major Seminary in Bambui, Cameroon, where he earned bachelor’s degrees in both Philosophy and Theology.
In May 2024, Fr. Gabriel graduated with a master’s degree in leadership and administration from Woods College of Advancing Studies at Boston College.
Since his ordination, Fr. Gabriel has served in various capacities, including:
- Pastor of St. Clémentine Anuarite Parish in Yemge (August 2016 – August 2018)
- Pastor of St. John the Baptist Parish in Ntaghem (August 2018 – December 21, 2022)
During his time in the Archdiocese of Bamenda, Fr. Gabriel also held several additional roles, such as:
- Member of the Presbyteral Council
- Teacher of Scriptures to three Religious Houses
- School Manager
- Chaplain to the Catholic Men Association (CMA)
- Dean in two deaneries of the diocese
Currently, Fr. Gabriel serves as Parochial Vicar at St. John-St. Paul Collaborative in Wellesley.
