Renovando el “Sí” Eterno: Cinco Años con el Fuego del Espíritu
Hace cinco años, el 31 de julio, nos presentamos ante Dios y el uno ante el otro para pronunciar una palabra que cambiaría nuestra vida para siempre: “Sí.” Éramos más jóvenes, más despreocupados y, si somos sinceros, no teníamos idea de todo lo que estábamos prometiendo. Cinco años, tres hijos y mil milagros cotidianos después, seguimos diciéndolo.
Hemos aprendido que el “sí” del día de la boda no es un monumento que se visita una sola vez; es un fuego que debe mantenerse encendido.
Después de todo, la renovación es precisamente la obra del Espíritu Santo. El Señor Resucitado sopló sobre aquellos hombres asustados que permanecían escondidos detrás de puertas cerradas, y ese mismo aliento descendió sobre ellos como lenguas de fuego, transformándolos en la Iglesia que encendió al mundo entero. Un solo derramamiento, un solo efecto: el Espíritu toma aquello que está lleno de temor e incompleto y lo hace nuevo, no una sola vez, sino una y otra vez.
Eso es exactamente lo que ha hecho en nuestro hogar, nuestra pequeña iglesia doméstica, desde el día en que nos convertimos en una sola carne.
Ya hemos escrito antes sobre el “hermoso caos” de una cuna llena y el trabajo diario de amar sin llevar cuentas. En realidad, todo se resume en esto: un amor que se niega a quedarse congelado en el tiempo. Cuando recibimos a nuestro tercer hijo, no recibimos un amor que compitiera con el nuestro; recibimos su fruto: la prueba viva que el “sí” que pronunciamos hace cinco años era verdadero y sigue dando el fruto que Dios prometió.
Como recordaba San Josemaría:
“Cada hijo que Dios les concede es una bendición divina: ¡no tengan miedo a los hijos!”
Y nosotros no lo tenemos. Al contrario, anhelamos, con alegría y en silencio, que Dios nos conceda más.
Aquí es donde el mundo se equivoca. Imagina el matrimonio como un contrato que se desgasta, una chispa destinada a apagarse. Sin embargo, la Sagrada Escritura revela algo infinitamente mayor. San Pablo exhorta a los esposos a amar a sus esposas “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Efesios 5,25). Después llama al matrimonio un “gran misterio“ (Efesios 5,32), porque apunta al amor entre Cristo y su Esposa.
Nuestro matrimonio no es simplemente nuestra alianza; es un signo vivo de la alianza eterna que Cristo estableció con la iglesia, una alianza que jamás expira, nunca se enfría y nunca se agota.
Por eso no podemos volver a celebrar nuestro sacramento; fue conferido una vez y para siempre, indisoluble por designio de Dios. Sin embargo, sí podemos renovar nuestro consentimiento todos los días. Lo renovamos cuando uno de los dos se levanta para atender al bebé que llora y deja que el otro descanse; cuando elegimos pedir perdón en lugar de ganar una discusión; cuando asumimos con amor la liturgia poco glamorosa de preparar loncheras, desvelarnos y atender las pequeñas tareas de cada día.
San Josemaría enseñaba que “el matrimonio es una verdadera vocación sobrenatural”. No es un remedio ni un simple acuerdo humano, sino un camino de santidad que se recorre de dos en dos, mientras los hijos corretean a nuestro alrededor.
Por eso, en este aniversario no solo recordamos aquel 31 de julio. Volvemos a decir “sí”: sí el uno al otro; sí al próximo hijo que Dios quiera enviarnos; sí a esta aventura lenta, alegre, agotadora y maravillosa de convertirnos en santos juntos.
Que no haya duda: amar de esta manera implica un riesgo. Nos entregamos por completo sin ninguna garantía de recibir lo mismo a cambio, sin la promesa que el camino será fácil. El mundo llama a eso imprudencia. Nosotros lo llamamos valentía.
Creemos que el único amor que vale la pena vivir es el amor que no se reserva nada; que un corazón gastado enteramente por otro jamás se desperdicia. Así fue exactamente como Cristo nos amó: hasta la cruz.
Y volveríamos a elegir este camino una y otra vez.
El Espíritu que incendió el corazón de los Apóstoles sigue renovándonos hoy, infundiendo vida nueva en una promesa antigua.
Si tu propio “sí” se siente cansado, no lo abandones. Permite que el Espíritu Santo lo renueve. El amor no se negocia; se entrega por completo, y su fuente nunca se agota.
Santa María, Madre de la familia, tú que con tu propio “sí” en la Anunciación acogiste a Aquel que hace nuevas todas las cosas, enséñanos a pronunciar nuevamente nuestro “sí” cada día. Ora pro nobis.

Juan and Sofia were born into Catholic families in Colombia, South America. They met on Juan’s Patron Saint Feast Day, Saint John Bosco, January 31st and recently got married on the 31st of July. Both have encountered Jesus in their lives and decided to follow him with great commitment.
Juan is a Political Scientist and also a great golfer. He works in the Wine and Spirits Industry.
Sofia is a commercial real estate lawyer and works at her family-owned business. They currently live in Cali, Colombia.
Juan and Sofia are increasingly passionate about the apostolic mission with the youth and young professionals. They are committed to showing the love of God and his mysteries through the beauty of the sacrament of marriage and friendship. Both have lived their conversion through different spiritualities within the Church, such as the charismatic renewal, parish groups (Emaus and Effeta), Mana (a self-founded apostolic group) and Opus Dei. This last one is currently where both congregate and receive all their spiritual formation and guidance. Although they have much to learn, they are eager to share their testimony with all the readers.
