Encontrando un Hogar en la Sagrada Familia: Un Camino de Fe, Familia y Esperanza
Hace aproximadamente diez años, el Señor me condujo a la Familia Paulina. En ese entonces, nunca había oído hablar del Instituto de la Sagrada Familia. Estaba recién comprometida y comenzaba a prepararme para la vida matrimonial, llevando en mi corazón un profundo deseo de seguir plenamente a Jesús, no solo como mujer de fe, sino también como futura esposa y madre llamada a la santidad en la vida familiar.
A medida que fui conociendo a la Familia Paulina y el carisma del Beato Santiago Alberione, descubrí una espiritualidad que transformó profundamente mi comprensión de la vocación. Me atrajo especialmente su misión de evangelizar a través de la comunicación y su visión de vivir la santidad en la vida cotidiana. Con el tiempo, también conocí familias que me acogieron con calidez y fe. Su testimonio me ayudó a comprender con mayor claridad que el matrimonio y la vida familiar no están separados de la santidad; por el contrario, son un verdadero camino hacia ella.
Como enfermera y a través de mi servicio en la pastoral familiar, he tenido el privilegio de acompañar a muchas familias tanto en los momentos de alegría como en los de sufrimiento. He aprendido, una y otra vez, que toda familia lleva una cruz y que nadie está llamado a cargarla solo. Mi propia familia también ha atravesado tiempos de prueba, pero el Instituto de la Sagrada Familia ha permanecido como una fuente constante de gracia. Se ha convertido en el “pegamento” que nos mantiene unidos, llamándonos siempre de nuevo a la oración, al perdón y a mantener a Cristo en el centro de nuestro hogar.
Una de las experiencias más profundas de mi vida fue una peregrinación familiar a Roma junto con otras familias del Instituto. Viajamos con el deseo de profundizar en nuestro conocimiento de la Familia Paulina y de su espiritualidad. Debido a complicaciones inesperadas durante el viaje, tuvimos que permanecer en Roma casi dos semanas adicionales. Lo que al principio parecía una situación incierta y abrumadora terminó convirtiéndose en una de las experiencias más hermosas de la providencia y del amor de Dios.
Las hermanas nos acogieron con una generosidad extraordinaria. Nos brindaron alojamiento, alimentos y un cuidado constante. Pero, más que ayuda material, nos regalaron algo mucho más profundo: nos hicieron sentir parte de una familia. Jugaron con nuestros hijos, rieron con ellos y nos hicieron sentir verdaderamente en casa, aun estando lejos de nuestro hogar.
Durante ese tiempo sufrí una fuerte crisis de lupus que me dejó con mucho dolor y un profundo agotamiento. Una noche, sin dudarlo, una de las familias del Instituto se llevó a mi hijo menor para que yo pudiera descansar. Ese sencillo gesto de amor me reveló algo muy profundo: Dios me estaba mostrando, de una manera muy concreta, lo que significa pertenecer a una familia espiritual en Cristo. En ese momento comprendí, con total certeza, que esta era la familia que Dios nos había regalado. Desde entonces, el Instituto de la Sagrada Familia ha seguido siendo para nosotros un lugar de estabilidad y de gracia. Constantemente nos vuelve a recordar lo que verdaderamente importa: mantener a Cristo en el centro de nuestro hogar.
Este pasado mes de junio, mi esposo y yo tuvimos la inmensa alegría de realizar nuestra Primera Profesión en el Instituto de la Sagrada Familia. Estar de pie ante el altar junto a otros matrimonios fue uno de los momentos más conmovedores de nuestro camino de fe. La bendición que recibimos durante la misa de profesión permanece profundamente grabada en mi corazón. Nos recordó que Dios nunca prometió una vida sin sufrimiento, pero sí prometió su presencia constante. Esa verdad se ha convertido para mí en una fuente de fortaleza en los momentos de dificultad, ya sea en el matrimonio, en la vida familiar o en mi salud.
En el mundo de hoy, las familias enfrentan numerosos desafíos. Con frecuencia existe una fuerte presión hacia el individualismo, la división y las distracciones que nos apartan de lo verdaderamente importante. Sin embargo, la Sagrada Familia de Nazaret continúa mostrándonos un camino diferente: una vida fundada en el amor, el sacrificio, la paciencia y la unidad en Dios. Cuando Cristo permanece en el centro, incluso las pruebas más difíciles pueden transformarse en momentos de gracia y de crecimiento espiritual.
Mi deseo es que cada vez más familias descubran el Instituto de la Sagrada Familia. Para nosotros ha sido mucho más que una comunidad o un movimiento. Ha sido un verdadero hogar; un lugar donde somos acompañados en nuestras alegrías, sostenidos en nuestras luchas y recordados constantemente que nunca caminamos solos hacia la santidad.
No sé lo que traerá el mañana. Sé que habrá más alegrías y también más cruces, pero también sé esto: mientras permanezcamos unidos a Cristo y unidos entre nosotros como familia, Él nos concederá la gracia necesaria para perseverar en todo.
Que cada hogar llegue a ser un pequeño Nazaret, y que nuestras familias, unidas en Cristo, sean signos vivos de esperanza, amor y fe para el mundo.
Leiri Bocanegra was born in Villalba, Puerto Rico but now resides in Massachusetts with her Husband and four children. Leiri and her husband Gustavo met in their parish youth group, “Agape,” and have been serving together ever since! You can usually find them singing together at church events and retreats! Leiri works as the Coordinator of Outreach and Evangelization for St. Mary’s Parish in Cambridge, Massachusetts. She also has a nursing background in both Geriatrics and Pediatrics. She has been a member of the Holy Family Institute for six years and enjoys Family Ministry. Her biggest accomplishment has been becoming a mother. She enjoys being able to use social platforms to help other Catholic mothers connect and assist one another through the wonderful vocation of motherhood!
