En la Presencia de la Santidad
Con frecuencia, como seres humanos, no logramos reconocer el verdadero valor de las personas… hasta que ya es demasiado tarde. Mientras cursaba mis estudios para el diaconado permanente, pasé casi cinco años junto a una de esas personas sin darme cuenta. Su nombre era Larry.
Durante cuatro años y medio, dos noches por semana, quince hombres nos reuníamos en la Parroquia de Santa María, en New Bedford, para recibir la formación que finalmente nos llevaría a ser ordenados diáconos permanentes. Entre nosotros estaba Larry: un hombre tranquilo, de esos que nunca buscan llamar la atención. Sin embargo, había algo de Larry que realmente que se adaptaba perfectamente a la espalda. Me encantaba esa silla. A Larry también. Si él llegaba me molestaba. En Santa María, las sillas eran de metal e incómodas… excepto una. Había una silla más alta, ideal para usar la computadora. Tenía apoyabrazos, un asiento acolchado y un respaldo primero, se quedaba con ella. Si yo llegaba antes, era para mí.
Durante cuatro años y medio competimos en silencio por esa única silla. Finalmente fuimos ordenados y cada uno recibió su destino pastoral. A Larry lo asignaron a la parroquia de San José, en Attleboro. Pasó aproximadamente un año cuando recibimos un correo electrónico suyo. Le habían diagnosticado cáncer de páncreas en etapa cuatro. Quedamos conmocionados.
Pocos días después nos reunimos en San José para orar con él.
Larry estaba de pie, débil pero sereno. Nos dijo que lo único por lo que podíamos rezar en ese momento era por un milagro. Tres semanas después, el milagro no llegó. Larry falleció. En el velorio, por alguna razón, me pidieron inesperadamente que dijera unas palabras. No había preparado nada. Lo único que vino a mi mente fue la historia de la silla. Así que la conté.
La gente sonrió y disfrutó escucharla. Pero al día siguiente, durante la misa de funeral, ocurrió algo que nunca olvidaré. Uno tras otro, los seis hermanos de Larry se levantaron para hablar. Mientras los escuchaba, comprendí que en realidad nunca había conocido a Larry. Cuando su padre murió repentinamente, Larry tenía apenas diecisiete años y, como el hijo mayor, asumió el papel de padre para toda la familia.
Entrenó a sus hermanos en deportes. Los ayudó con las tareas escolares. Los acompañó y preparó para recibir la Primera Comunión y la Confirmación. Cuando sus hermanas quisieron ser porristas, Larry las llevaba a los entrenamientos y, según entendí, ¡hasta las entrenaba él mismo! Fue quien acompañó a sus hermanas hasta el altar el día de sus bodas.
Era, en todos los sentidos, el pilar de aquella familia. Durante quince minutos hablaron de un hombre de amor extraordinario, de inmenso sacrificio, de una fe profunda y de una fortaleza silenciosa. Y yo permanecía sentado pensando: “Yo solo lo veía como el hombre que me quitaba la silla.” Había pasado cuatro años y medio sentado a su lado sin darme cuenta de la grandeza del hombre que tenía junto a mí. Y ahora… ya era demasiado tarde.
Es fácil reconocer a Cristo en los Evangelios, e incluso en algunas personas que nosotros mismos elegimos admirar. Nuestro verdadero desafío como cristianos es ir más allá de la superficie, profundizar y descubrir al verdadero Cristo presente en cada persona.
Necesitamos dedicar tiempo… Tiempo para observar. Tiempo para acercarnos. Tiempo para decir aquello que debe ser dicho. ¿Hay alguien en tu vida a quien das por sentado? ¿Alguien que te sostiene, que te cuida, que te ama en silencio? ¿Alguien cuya bondad se ha vuelto tan cotidiana que has dejado de verla? No esperes. Porque solo tenemos una oportunidad… Y esa oportunidad es ahora.
Jesús nos dice: «Busquen y encontrarán.» La bondad de Dios está presente en tantas personas que nos rodean. Si la buscamos, la encontraremos. Y si la reconocemos… verdaderamente la reconocemos… Quizás descubramos que estamos en la presencia de alguien profundamente santo.

Deacon Brendan Brides , a native of Ireland, was educated by the Presentation Brothers in Cork City, Ireland. Deacon Brendan emigrated to the United States in 1986. Shortly thereafter, he met his wife, Gail. They married in the early nineties and have resided in Sandwich ever since. They have a son, Patrick, who grew up attending religious education and serving as an altar server for many years at Christ The King Parish. Patrick now serves in the United States Navy. Deacon Brendan worked for many years as a building contractor on Cape Cod where he oversaw the construction of many fine houses in his career. In 2013 he decided to accept a position as building commissioner for a local municipality. He continues in that position today.
After his ordination by Bishop Coleman to the permanent diaconate in 2013, Brendan was transferred to Saint Johns in Pocasset. He spent six and a half years there serving the people of Bourne. He and his wife Gail returned to Christ the King in 2021 and although they sincerely miss the great people of Saint Johns, they are very happy to be back at their home parish of Christ the King. Besides being active at Christ the King, Deacon Brendan is currently a mentor for gentleman that is going through the permanent deacon program and he is also actively involved in assessing the latest class of applicants to the permanent diaconate for the Diocese of Fall River.
