Yo lo miro a Él, y Él me mira a mí
Hay una capilla a la que corro, no camino, corro. Cuando el peso de todo lo que no puedo controlar me presiona, mi trabajo, mi matrimonio, mis hijos, mi propia sensación silenciosa que no estoy donde pensé que estaría a esta altura de mi vida, me subo al carro y voy a la capilla de adoración perpetua en Natick, Massachusetts. Casi nunca sé qué voy a decir cuando llego. La mayoría de las veces no digo nada. Me siento frente al Santísimo Sacramento e intento tranquilizarme y escuchar.
Durante mucho tiempo pensé que eso no era suficiente. Soy alguien que resuelve las cosas. Estoy acostumbrada a enfrentar un problema con un plan y salir con el asunto resuelto. Así que, cuando empecé a ir a la capilla con las manos vacías y la mente acelerada, sentía que estaba fallando en la oración. ¿No debería sentir paz? ¿No debería, a estas alturas, poder decir las palabras que me habían enseñado, que Dios tiene un plan, que esta etapa tiene un propósito, que algo bueno saldrá de ella?
Se nos enseña a abrazar nuestra cruz. Se nos dice que Dios escribe derecho con líneas torcidas, que no desperdiciará nuestro sufrimiento, que su tiempo es perfecto. Todo eso es verdad, pero no siempre eso es lo que sentimos. Y es difícil creer que algo es verdad cuando no lo sientes. Esa brecha, entre lo que se supone que debes sentir y lo que realmente sientes, solo hace que todo pese más.
Me ayudó descubrir que los santos también conocieron esa brecha. Cuando se publicaron las cartas privadas de la Madre Teresa después de su muerte, el mundo descubrió que la mujer que irradiaba a Cristo entre los más pobres había pasado décadas sintiendo que Dios estaba en silencio, incluso ausente. Ella siguió acudiendo a Él de todas formas. Siguió sirviendo, siguió rezando hacia lo que parecía un cielo vacío. Santa Teresa de Lisieux, cerca del final de su corta vida, fue visitada por una duda real sobre si el cielo realmente existía, y eligió seguir creyendo en la oscuridad. San Juan de la Cruz le dio a esa experiencia su nombre, la noche oscura, e insistió en que no era una señal que Dios se hubiera marchado, aunque así se sintiera.
Lo cual me trae de vuelta a la capilla, y a por qué sigo yendo aun cuando salgo sin nada resuelto. Voy allí para mirarlo a Él. Eso es lo que creo que estoy haciendo cuando voy a Natick y me siento frente al Santísimo Sacramento. Voy a buscarlo a Él. Pero en algún momento, en medio del silencio, todo se invierte. No soy yo quien mira. Es Él quien me mira. Vine a visitarlo, y Él me devuelve la mirada, de la manera en que miras a alguien a quien amas y has estado esperando.
Esa es la parte que no esperaba, y es la parte que más me consuela. No tengo que actuar. No tengo que llegar con las palabras correctas, ni con un relato ordenado de mi fe, ni con un plan para arreglar mi vida. Puedo llegar con las manos vacías y el corazón lleno de preocupación, y Él simplemente me mira. Ve todo, las partes de mi vida que se sienten que se están desmoronando, el miedo del que no puedo desprenderme, los lugares donde no soy la esposa, la madre o la mujer que quiero ser. Y Él no aparta la mirada. Me ve, exactamente como soy, y no me rechaza.
No puedo prometerme que las cosas saldrán como estoy pidiendo en mis oraciones. Lo que tengo no es optimismo, esa confianza fácil que todo saldrá como yo quiero. Lo que tengo es esperanza que Dios está presente y es bueno aun cuando no puedo ver cómo, y de que Él sostiene mi futuro, cualquiera que sea la forma que tome.
La paz que encuentro en esa capilla no es la paz de tener las cosas resueltas. Nada se resuelve mientras estoy sentada allí. Es la paz de estar con Él, y de dejar que Él esté conmigo. Es la diferencia entre estar sola con mi miedo y estar acompañada en Él. Así que sigo yendo. En los días difíciles, todavía corro. Me siento, me quedo en silencio, y me dejo ver. Vine a mirarlo a Él, y el regalo es que Él me está mirando a mí.
Maria Eugenia grew up in Caracas, Venezuela, raised in a Catholic family of three sisters and one brother. She currently lives in Framingham, Massachusetts, with Alex, her husband of 24 years, and their French Bulldog RoRo. They have twin sons, 21 years old, Carlos and Luis, who are about to graduate from the University of Wisconsin and Boston University respectively. Maria Eugenia and Alex are active servers of Build the Faith, and practice their faith with the support and inspiration of a close group of friends, and guided by the example and legacy of Christina Dangond and her family.
