La Serenidad ante lo que No Podemos Controlar
La vida cristiana constituye un proceso continuo de crecimiento espiritual. Con el paso del tiempo, el creyente comprende que muchos acontecimientos escapan a su voluntad y descubre, además, los límites inevitables de la condición humana. Lejos de conducir a la resignación, esta realidad invita a confiar en Dios y a vivir con serenidad. La fe enseña a actuar con responsabilidad en aquello que depende de nosotros y a asumir con sabiduría aquello que excede nuestras posibilidades.
Gran parte de las inquietudes humanas nace del deseo de controlar el futuro o de modificar circunstancias que no están en nuestras manos. La preocupación excesiva rara vez cambia los hechos; por el contrario, desgasta el ánimo, nubla el juicio y debilita la paz interior.
El Evangelio propone una actitud diferente. Cristo invitó a sus discípulos a no vivir dominados por el temor, recordándoles que Dios conoce las necesidades de cada persona. Esta enseñanza no exime del esfuerzo ni del cumplimiento del deber, pero sí libera de la angustia que produce la incertidumbre.
La madurez espiritual implica reconocer que existen situaciones que no pueden resolverse únicamente con la voluntad humana. Aceptar esta realidad no significa renunciar a la lucha legítima, sino comprender que la confianza en Dios forma parte de la respuesta.
La cultura actual favorece la inmediatez y dificulta la aceptación de los procesos, las esperas y los tiempos necesarios para que las circunstancias encuentren su cauce. Sin embargo, la paciencia suele convertirse en una fuente de fortaleza, prudencia y esperanza.
Las pruebas forman parte de la existencia. Enfermedades, dificultades económicas, conflictos familiares o preocupaciones por los seres queridos son experiencias comunes a toda persona. La fe no elimina esas realidades, pero ayuda a afrontarlas con mayor equilibrio, evitando que el sufrimiento se transforme en desesperación.
Con frecuencia padecemos más por lo que imaginamos que por lo que realmente sucede. Los temores anticipados y las hipótesis negativas suelen aumentar innecesariamente el peso de las dificultades. Por ello, la serenidad exige disciplina interior para gobernar los pensamientos y mantener una visión equilibrada de la realidad.
En este proceso, la oración ocupa un lugar fundamental. No siempre modifica las circunstancias externas, pero fortalece el espíritu, aporta claridad y ayuda a conservar la esperanza. Del mismo modo, la gratitud permite reconocer los bienes sencillos que acompañan la vida cotidiana: la familia, la amistad, una conversación sincera, la lectura, la música o la satisfacción de actuar correctamente.
La verdadera fortaleza no consiste en controlar todo cuanto sucede, sino en conservar la rectitud, la paz interior y la confianza en Dios en medio de las circunstancias cambiantes de la vida. La serenidad cristiana es, en esencia, la capacidad de aceptar los límites humanos sin perder la esperanza, convencidos de que Dios acompaña cada etapa de nuestra existencia.

Ricardo Gutiérrez is an economist and entrepreneur with extensive experience in various sectors. His life has been marked by professional commitment, faith, and family. Fifty years ago, he married Elsy Dangond, with whom he has built a strong family, raising three children and seven grandchildren. Educated by the Jesuits in Colombia, his education strengthened his principles and trust in God. His faith is his daily guide, inspired by a wise Spanish priest and symbolized by the crucifix before which he prays each day. For him, Jesus Christ is the true architect of his achievements.
