Dios Está Susurrando
Por lo general, me considero una persona muy decidida. Algunos dirían que soy impulsiva, y en ocasiones tendrían razón, pero, en general, prefiero pensar que soy resuelta. Soy obstinadamente autosuficiente y estoy dispuesta a afrontar las consecuencias de mis decisiones, por lo que mis primeros impulsos suelen ser también los definitivos. Rara vez me atormentan las dudas o los arrepentimientos y, por la gracia de Dios, hasta ahora no he tenido que enfrentar consecuencias verdaderamente catastróficas.
No me malinterpreten; no estoy diciendo que posea una capacidad extraordinaria para el discernimiento. Más bien, se trata de una especie de firmeza interior que nace de una vida privilegiada. Mis decisiones, incluso las más cuestionables, siempre han contado con una red de seguridad en caso de fracasar. Y esas redes de seguridad brindan una sensación general de libertad.
Quizás por eso siempre he sentido una admiración especial por Pedro. Simón Pedro, que dejó toda su vida para seguir a un hombre al que acababa de conocer, simplemente porque era así de resuelto. (Estoy segura que su madre lo llamaba “impulsivo”.) Pedro, quien, junto con Marta, fue de los primeros en reconocer a Jesús como el Cristo y el Mesías, guiado no por las evidencias, sino por esa pequeña voz en lo profundo de su corazón. Jesús le dio el nombre de Roca, confiándole ser el fundamento sobre el cual edificaría su Iglesia y el líder de los Doce.
Es significativo que, en el Evangelio de hoy, sea Pedro quien desafía a Jesús pidiéndole el poder para caminar sobre las aguas. Jesús no se lo propone; es Pedro quien da el paso. Casi parece un desafío mutuo. Pedro dice, en esencia: “Señor, demuéstrame que eres Tú ayudándome a hacer lo imposible.” Y Jesús responde: “Yo soy lo Imposible.” El lector puede percibir la emoción que ambos experimentan en ese momento. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, Pedro permanece firme y decidido. Es un temperamento con el que me identifico. Es una manera de vivir llena de intensidad, con todos los riesgos que ello implica.
Sin embargo, al igual que Pedro, también hay momentos de duda y de negación. Hay momentos en que el viento arrecia y las olas golpean a mi alrededor durante mi propia cuarta vigilia (entre las tres y las seis de la mañana). Desde que los bebés nacen, el cuerpo de una madre aprende a reconocer ese horario, cuando el sueño de los pequeños es más frágil y suelen despertarse buscando consuelo. Para mí, esa ventana nunca terminó de cerrarse. En esas horas logro concentrar toda la dosis diaria de preocupaciones de una persona común. Es un breve, predecible y oscuro momento de incertidumbre.
Mientras miro el techo, con mi esposo profundamente dormido y roncando a mi lado, puedo convertir cualquier decisión pequeña en un problema enorme. Mi agenda sobrecargada se transforma en un viento fuerte que me empuja. Las decisiones universitarias de mi hija se convierten en un terremoto dentro de mi mente. Una conversación con un compañero de trabajo que no terminó de sentirse bien puede encenderse como un incendio. Intento orar en medio de todo ello, pero Dios no está en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Dios está susurrando, y mi propia mente hace demasiado ruido para poder escucharlo.
Tengo la impresión que, para quienes toman las decisiones con más cautela, el día está lleno de demasiado ruido y buscan la voz de Dios en ese suave murmullo que se encuentra en el silencio de la oración al caer la tarde. Para mí ocurre lo contrario: el bullicio del día es apenas el acompañamiento de fondo para la melodía de esa voz que susurra. Es el silencio de la noche el que se convierte en una verdadera cacofonía.
Ya seas una persona prudente y cuidadosa al tomar decisiones, o alguien espontáneo que actúa por instinto, anclar la vida en la voz de Jesús es el único camino hacia la verdadera libertad. Jesús, cuya voz nunca se apaga y proclama tu valor infinito. Jesús, cuya voz consuela cuando das un paso hacia lo desconocido, recordándote que no hay razón para tener miedo. Jesús, cuya voz susurra de día, de noche y en cada instante entre ambos, diciéndote que aquello que parecía imposible, ahora es posible.
For the past decade Kelly Meraw has served as the Director of Liturgy, Music, and Pastoral Care for St. John-St. Paul Collaborative in Wellesley, Massachusetts. Kelly earned her Master’s Degree from McGill University, where during her undergraduate studies, she was received into the Catholic Church through the RCIA program at St. Patrick’s Basilica in Montreal, Canada. Kelly brings her deep love of scripture, liturgy, music, and devotion to Church teaching and tradition to her ministry.
Recently Kelly joined the faculty at Newton Country Day School of the Sacred Heart as the Director of Vocal Music. She looks forward to being part of the incredible Sacred Heart mission of forming women of faith, courage, and confidence.
