La vida en un regalo en las manos del Creador
Con el paso de los años, he llegado a comprender una verdad que no me hace menos, sino que me coloca ante la vida con mayor humildad: soy limitado. Mi inteligencia apenas puede comprender una pequeña parte de todo lo que existe; mi fuerza tiene sus límites, mis certezas pueden estar equivocadas y mis planes no siempre siguen el camino que imaginé. Podemos elegir, trabajar, construir y soñar, pero no somos los dueños absolutos de nuestro camino, ni sabemos qué nos espera más adelante.
Reconocer nuestra pequeñez ante Dios no significa renunciar a nuestra voluntad ni a nuestros esfuerzos. Por el contrario, nos invita a hacer un mejor uso de los dones que hemos recibido y a asumir la responsabilidad de nuestra vida. También nos enseña a decir, desde lo más profundo de nuestra alma: Señor, soy limitado; todo lo que Tú hagas de mí será siempre mejor que cualquier cosa que yo, en mi condición humana, pudiera imaginar.
Solo tenemos que contemplar la creación para comprender la distancia que existe entre nuestra inteligencia y la sabiduría del Creador. La inmensidad del cielo, el orden de las estrellas, la montaña silenciosa, el río que encuentra su cauce, la semilla que guarda el misterio de convertirse en árbol y la luz que vence la oscuridad cada mañana forman parte de una armonía que existía antes que nosotros y que nos supera. Y dentro de ese universo estamos nosotros: pequeños ante su inmensidad, pero dotados del maravilloso don de poder pensar, amar, recordar, perdonar, crear y elevar nuestro espíritu hacia Aquel que nos dio la vida.
Esta certeza cambia la manera en que contemplamos nuestra existencia. Nada de lo verdaderamente esencial comenzó con nosotros. No elegimos venir al mundo, ni diseñamos nuestra inteligencia, ni ordenamos que nuestro corazón comenzara a latir. Recibimos la vida y, con ella, talentos, oportunidades, relaciones y posibilidades. Nuestra responsabilidad es hacerlos fructificar y comprender que cada don alcanza su verdadera grandeza cuando también se pone al servicio de los demás.
También he aprendido que la sabiduría no consiste únicamente en acumular conocimientos, sino en alcanzar una comprensión más profunda de la vida. Saber mucho no garantiza que sepamos vivir bien. La verdadera sabiduría comienza cuando somos capaces de reconocer un error, vencer el orgullo, escuchar antes de juzgar, perdonar sin llevar cuentas y dar gracias incluso por aquellas cosas cuyo significado nos toma años comprender. Crecer espiritualmente significa permitir que nuestras experiencias transformen nuestro interior y nos acerquen cada vez más a Dios.
Cuando miro hacia atrás el camino que he recorrido, encuentro alegrías, logros y relaciones que han enriquecido mi vida, pero también errores, pérdidas y momentos cuyo significado solo pude comprender con el tiempo. Algunas puertas por las que anhelaba entrar permanecieron cerradas; otras se abrieron cuando menos lo esperaba. Con el tiempo, llegué a comprender que no todo lo que pedimos es bueno para nosotros, ni todo aquello que inicialmente consideramos adverso termina siendo una desgracia. Hay planes que solo el paso de los años nos permite comprender, y respuestas de Dios que llegan de maneras diferentes a las que esperábamos.
Por eso también ha cambiado mi manera de orar. Ya no quiero pedir únicamente que se cumplan mis deseos. Prefiero pedir sabiduría para discernir, humildad para aceptar, fortaleza para continuar y claridad para reconocer lo que Dios espera de mí. La fe no significa permanecer quietos esperando que todo suceda. Nos exige trabajar, decidir, perseverar y asumir la responsabilidad de nuestra vida, pero hacerlo con la certeza de que existe una sabiduría mucho mayor que la nuestra.
Quizás uno de los logros más difíciles del espíritu sea aprender a confiar. Confiar cuando comprendemos es fácil; hacerlo cuando el camino se vuelve incierto requiere una fe más profunda. Es entonces cuando debemos aceptar que nuestra mirada alcanza solamente hasta el siguiente tramo del camino, mientras que el Creador ve aquello que nosotros todavía no podemos ver.
Hoy quiero seguir viviendo con entusiasmo, aprendiendo, construyendo, amando y soñando durante todo el tiempo que se me conceda el don de la vida. Quiero hacerlo con una conciencia cada vez más clara de que todo lo que verdaderamente me sostiene viene de Dios: la vida, la inteligencia con la que intento comprenderla, la capacidad de amar, la oportunidad de cambiar y esa inquietud interior que me impulsa a crecer y a buscar una existencia más elevada.
Por lo tanto, mi oración puede resumirse en pocas palabras:
Soy limitado, Señor. Tú sabes quién soy, en quién puedo convertirme y lo que todavía necesito transformar. Haz de mí aquello que Tú consideres mejor. Dame sabiduría para comprender, humildad para aceptar, fortaleza para perseverar y un corazón capaz de reconocer Tu presencia en todo lo que me rodea.
Al final, quizás la verdadera grandeza del ser humano no consiste en sentirse dueño de su destino, sino en comprender que la vida es un don y responder a ella con gratitud. Ponernos en las manos del Creador no significa renunciar a nuestra libertad; significa ejercerla con la serenidad de saber que, aunque apenas podamos ver el siguiente paso, Él conoce todo el camino.

Ricardo Gutiérrez is an economist and entrepreneur with extensive experience in various sectors. His life has been marked by professional commitment, faith, and family. Fifty years ago, he married Elsy Dangond, with whom he has built a strong family, raising three children and seven grandchildren. Educated by the Jesuits in Colombia, his education strengthened his principles and trust in God. His faith is his daily guide, inspired by a wise Spanish priest and symbolized by the crucifix before which he prays each day. For him, Jesus Christ is the true architect of his achievements.
