Espiritualidad junto al mar
Crecí en Swampscott, Massachusetts, un pequeño pueblo costero en la costa norte de Boston. Fue allí donde recibí mis primeros Sacramentos y, años más tarde, después de mi ordenación sacerdotal, regresé para celebrar mi primera Misa en la Iglesia de San Juan Evangelista, con vistas a la bahía de Nahant.
Ese tramo de la costa ha sido parte de mi vida desde que tengo memoria. Desde King’s Beach, Fisherman’s Beach, Eisman’s Beach, Whale’s Beach, Phillips Beach y Preston Beach en Swampscott, hasta Nahant Beach, Devereux Beach en Marblehead y lugares conocidos frente al mar como Red Rock Park en Lynn, Chaisson Park en Swampscott y Fort Sewall en Marblehead, el mar siempre ha parecido estar cerca.
Estos lugares han sido para mí mucho más que paisajes hermosos. A lo largo de los años, he pasado largos períodos caminando por estas playas, sentado junto al agua, rezando, pensando, luchando, cuestionándome y, a veces, simplemente permaneciendo en silencio. He regresado a ellos durante muchos de los momentos altos y bajos de mi vida espiritual.
Sin embargo, en algún momento comencé a darme cuenta que el mar mismo se había convertido en un maestro. Las mareas me enseñaron algo sobre el ir y venir. Las olas me enseñaron sobre la perseverancia. La arena me enseñó sobre el cambio y lo pasajero de las cosas. Las rocas me enseñaron sobre la fortaleza, la estabilidad y la importancia de tener algo firme debajo de nosotros. Las tormentas me enseñaron sobre el miedo, la incertidumbre y la confianza. Esos momentos poco frecuentes en los que el mar se vuelve completamente tranquilo me enseñaron algo sobre el silencio, la paz y la presencia de Dios; y el horizonte, donde parece que el mar se encuentra con el cielo y nuestros ojos ya no pueden ver más allá, me enseñó sobre la esperanza, el misterio y la confianza en que siempre hay algo más allá de lo que podemos ver.
Estas son algunas de las lecciones que he aprendido junto al mar. Sin embargo, para los propósitos de este blog, exploraré solamente una de ellas. Quizás las mareas, las olas, las tormentas, la calma y el horizonte tendrán que esperar para futuros blogs. Por ahora, quiero volver a algo que vemos a lo largo de toda nuestra costa norte: las rocas.
Hay algo reconfortante en una roca. El agua se mueve. La marea sube y baja. La arena cambia bajo nuestros pies. Las olas golpean la orilla y las tormentas vienen y van. Sin embargo, las rocas grandes permanecen.
Las Escrituras utilizan repetidamente esta imagen para hablarnos de Dios. El salmista clama: «El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi libertador» (Salmo 18,2). En otro lugar escuchamos: «Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza: no vacilaré» (Salmo 62,2). En un mundo donde tantas cosas cambian, Dios permanece.
Jesús lleva esta imagen aún más lejos al concluir el Sermón de la Montaña. Nos habla de dos constructores. Uno construye su casa sobre roca; el otro construye sobre arena. Luego llega la lluvia, crecen las aguas y los vientos soplan contra ambas casas. La diferencia no es que una casa enfrente una tormenta y la otra no. La tormenta llega a las dos. Esta puede ser una de las lecciones espirituales más importantes que nos enseñan las rocas. La fe no significa que las tormentas nunca llegarán. La fe no promete una vida sin decepciones, dolor, incertidumbre, enfermedad, fracasos o miedo. La pregunta no es si llegarán las tormentas. La pregunta es: ¿Sobre qué he construido mi vida?
Jesús dice que la persona prudente es aquella que escucha sus palabras y las pone en práctica. No basta simplemente con conocer el Evangelio, admirar el Evangelio o escuchar el Evangelio los domingos. Tenemos que construir nuestra vida sobre él. El perdón tiene que practicarse. La oración tiene que convertirse en parte de nuestra vida. La misericordia tiene que ser ofrecida. El amor tiene que hacerse concreto. Cristo tiene que convertirse en el fundamento bajo nuestros pies.
Hay otra hermosa imagen bíblica relacionada con las rocas que amo tanto como las que ya he compartido. San Pedro les dice a los primeros cristianos: «También ustedes, como piedras vivas, edifiquen una casa espiritual» (1 Pedro 2,5). No estamos simplemente sobre la roca. Dios nos está convirtiendo en piedras vivas. Notemos que una sola piedra no construye una casa. Dios toma a cada uno de nosotros; con nuestros diferentes dones, personalidades, experiencias, fortalezas y debilidades y nos une unos con otros. Nos convertimos en parte de algo mucho más grande que nosotros mismos: la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, una casa espiritual en la que Dios habita. Quizás esa sea otra de las lecciones que he aprendido de aquellas costas rocosas. Una roca por sí sola puede parecer insignificante, pero las rocas unidas pueden convertirse en un fundamento, un muro, un refugio, incluso en una casa.
Todavía hay muchas lecciones que el mar tiene que enseñarme y quizás compartiré algunas de ellas en otra ocasión, pero antes que termine el verano, quizás cada uno de nosotros podría dedicar un tiempo a alejarnos de nuestras rutinas habituales y entrar en la gran catedral de la creación de Dios. Puede ser el océano o un río tranquilo, las montañas o un bosque, un lago o simplemente un lugar familiar al aire libre donde podamos detenernos y permanecer en silencio.
La creación tiene lecciones que enseñarnos si estamos dispuestos a escuchar. El Dios que nos habla a través de las Escrituras y de los Sacramentos también ha dejado huellas de su sabiduría a lo largo del mundo que ha creado. Quizás haya una lección espiritual esperando a cada uno de nosotros: en las mareas, en las rocas, en los árboles, en las montañas o en algún lugar justo más allá del horizonte.
Fr. Michael Harrington, a native of Swampscott, MA, is a Catholic Priest for the Archdiocese of Boston, and Currently the Pastor of St. Mary’s of the Annunciation Catholic Church in Cambridge. In the past he served as The Director of the Office of Cultural Diversity for the Archidiocese of Boston and is currently a Consecrated member of the Institute of Jesus the Priest (the Pauline Family).
