La Obediencia de Confiar
Hay experiencias que comenzamos con ilusión, con disposición y con el corazón abierto, creyendo sinceramente que podemos aportar algo bueno. Llegamos con el deseo de servir, de entregar nuestros talentos y de sembrar algo que pueda dar fruto.
No llegamos buscando reconocimiento. Llegamos con la intención de hacer el bien. Y, sin embargo, no todo sale como esperamos. A veces, a pesar del tiempo entregado, del esfuerzo realizado y de la intención sincera de ayudar, encontramos resistencia. Hay momentos en los que las personas no están listas para el cambio. Hay puertas que no se abren. Hay propuestas nacidas del deseo de fortalecer una misión, pero no son recibidas con apertura.
Eso duele. Duele porque cuando uno sirve con el corazón, también entrega una parte de sí. Entrega tiempo, ideas, cansancio, esperanza y oración. Y cuando el resultado no es el esperado, es fácil preguntarse: “Señor, ¿para qué fue todo esto?”
Hoy no tengo una respuesta clara. No entiendo por qué Dios permite que ciertas experiencias sean tan difíciles. No entiendo por qué una intención buena puede terminar en frustración. No entiendo por qué el esfuerzo no siempre se traduce en frutos visibles. Pero hay algo que sí sé: Dios no desperdicia nada. Dios no desperdicia el tiempo que entregamos con amor. No desperdicia las lágrimas silenciosas, las conversaciones difíciles, los intentos, ni los momentos en que sentimos que nadie entendió lo que queríamos hacer.
A veces pensamos que el fruto debe verse de inmediato. Queremos resultados concretos, cambios visibles, respuestas positivas. Pero tal vez Dios también trabaja en lo invisible. Tal vez el fruto no está solamente en lo que logramos transformar afuera, sino en lo que Él transforma dentro de nosotros.
Esa es una de las primeras lecciones de estas experiencias: no todo fruto es visible al principio. Hay semillas que se siembran en silencio. Hay esfuerzos que no cambian una situación de inmediato, pero sí cambian nuestra manera de mirar, confiar y servir.
Cuando algo no sale como esperábamos, podemos caer en la frustración, cerrar el corazón y decir: “No vuelvo a intentarlo.” Pero la fe nos invita a mirar más profundo y preguntarnos: ¿qué quiere enseñarme Dios? ¿Qué expectativa necesito soltar? ¿Qué virtud quiere formar en mí?
Porque servir también purifica. Purifica nuestras expectativas. Purifica nuestro deseo de controlar los resultados. Purifica la necesidad de ser comprendidos. Nos recuerda que servir no siempre significa lograr que todo cambie; a veces significa permanecer fieles, aunque nada cambie de inmediato.
Esta lección no aplica solo al servicio. También aparece en la familia, en el trabajo, en las amistades, en los proyectos y en los sueños personales. Hay momentos en los que damos lo mejor y aun así no recibimos la respuesta que esperábamos. Hay esfuerzos que no son reconocidos. Hay caminos que parecen cerrarse justo cuando pensábamos que Dios los estaba abriendo.
En ese momento la fe deja de ser una idea bonita y se convierte en una decisión diaria. La decisión de no endurecer el corazón. La decisión de no responder al dolor con resentimiento. La decisión de no permitir que una decepción nos robe la capacidad de volver a amar, de volver a servir y de volver a creer.
Esa es la obediencia de confiar. Confiar cuando no hay claridad. Seguir adelante cuando el corazón quisiera detenerse. Creer que Dios está obrando incluso cuando todo parece confuso. Aceptar que Su plan puede ser distinto al nuestro, pero siempre será más sabio y perfecto. La obediencia de confiar no significa negar el dolor. Significa llevar ese dolor a Dios y decirle: “Señor, esto me duele, esto me confunde, no lo entiendo, pero no quiero apartarme de ti.” Y eso también es oración.
Tal vez esta experiencia no fue para producir el cambio que yo imaginaba. Tal vez fue para enseñarme a soltar. Tal vez fue para recordarme que mi deber no es controlar los frutos, sino ser fiel en la siembra. Quizás algún día entenderé. Quizás no. Pero no necesito entenderlo todo para seguir caminando. Necesito confiar. Por eso sigo adelante. No con amargura. No con resentimiento. No con la sensación de fracaso. Sigo con el corazón más humilde, con las manos abiertas y con la certeza que, si Dios permitió esta experiencia, también sabrá redimirla. Porque en la vida de fe, nada entregado con amor se pierde.
Nada.
Claudia and her husband Juan have shared many wonderful years together in Houston. As their four amazing kids are almost all gone to college, the couple is finding joy in spending more time in Claudia’s hometown of Valledupar, Colombia, embracing the chance to be closer to their family.
A passionate entrepreneur, Claudia’s spirit shines through her flourishing online women’s accessories business. Though the past four years have brought with them the challenge of chronic pain, she has persevered, her faith unshaken. Through this journey, her relationship with God has blossomed, and she is filled with gratitude for the blessings in her life.
In the face of adversity, Claudia remains a beacon of hope and acceptance, understanding that His Will guides her path. With unwavering optimism, she openly shares her testimony, inspiring others with the knowledge that, through faith and love, things can always get better.
