El Amor de Una Madre
Fr. Michael Harrington, a native of Swampscott, MA, is a Catholic Priest for the Archdiocese of Boston, and Currently the Pastor of St. Mary’s of the Annunciation Catholic Church in Cambridge. In the past he served as The Director of the Office of Cultural Diversity for the Archidiocese of Boston and is currently a Consecrated member of the Institute of Jesus the Priest (the Pauline Family).
Este pasado Domingo en los Estados Unidos, celebramos el Día de la Madre. En este día, honramos a nuestras madres, vivas o fallecidas, quienes hicieron tantos sacrificios amorosos para nuestro beneficio. Para mí, este año se convirtió, inesperadamente, en una conmemoración especialmente atesorada por mi corazón.
El Jueves por la mañana, el día antes del Día de la Madre, me preparé para el ocupado fin de semana que se avecinaba, con una sesión silenciosa de oración. No estaba ciertamente anticipando cuánto Dios me revelaría en las próximas 36 horas sobre el tema de “el amor de una Madre.” Primero, presidí un gran funeral para una mujer de 89 años de edad llamada Lorraine. Yo nunca la conocí, pero a medida que acudían sus familiares y amigos, inmediatamente se me hizo claro que esta mujer era amada profundamente. Era una madre, abuela y bisabuela. Hubo muchas lágrimas derramadas. A medida que yo recorría la liturgia, me imaginé que sus hijos sentados al frente estaban meditando sobre las numerosas ocasiones en que su madre les ofreció un abrazo amoroso o una cena reconfortante. Me impactó la manifestación de tantas emociones.
Luego del funeral, el hospital local me llamó y pidió que asistiera rápidamente a dar la unción sacramental a alguien que estaba muriendo. Me apresuré a la unidad de cuidados intensivos del hospital donde encontré a una mujer en sus últimos momentos terrenales. A su lado, estaban dos de sus hijas, diciendole adiós a la madre que tanto amaban. El nombre de su madre era Anna. Le dí la unción a Anna y oré con sus hijas. Las invité a que dijeran…no es tanto un adiós, sino un “hasta que nos volvamos a encontrar.” Ellas agradecieron esto mucho. Compartieron conmigo algunas historias de “amor de madre” llenas de risa, tristeza, ternura y paz.
Cuando ya salía del hospital, me encontré con una persona que me pidió que le diera la confesión sacramental. Ella también era una madre. Sin darles detalles, les puedo decir que ella sufría de culpa y vergüenza. Tenía tantos deseos de reconciliarse con Dios y sus seres queridos. Tomamos varios pasos en esa dirección con Jesús ofreciéndole su gran abrazo de perdón.
En ese momento, debí apresurarme a mi parroquia para oficiar una boda por la tarde. Era una pareja que había estado casada por lo civil pero ahora deseaba unir su amor ante el altar del Dios. Tienen dos hijos, una hija adolescente y un niño de edad escolar. Mientras la pareja recitaba sus votos, contemplé a su hija quien en el momento dirigía su mirada llena de afecto hacia su madre. Como hijos, muchas veces fallamos en reconocer los tantos sacrificios que nuestras madres hacen; sin embargo, en este momento sagrado ante el altar de Dios, pienso que esta joven muchacha tuvo la oportunidad de ver la belleza de su madre, y me imagino, deseó llegar a ser tal como ella.
A este punto en mi fin de semana, aunque vendrían más eventos, caí en cuenta que Dios me estaba revelando algo precioso. A medida que oscurecía, tuve la oportunidad de bendecir el embarazo de quien había sido mi Coordinadora para las Juventudes y había trabajado para mí en la parroquia. Ella está lista para dar a luz a un bello bebé quien ya tiene nombre…José.
Llegó el Domingo…el Día de la Madre! Tuve tres bautizos de niños ese día y no se me escapaba ver el gozo en cada una de las madres cuando sostenían a sus bebés. Como asían firmemente sus hijos mientras yo regaba el agua bendita en sus cabezas y como con gran ternura los acariciaban cuando empezaban a llorar. También, en nuestras misas regulares de nuestra parroquia, decidí invitar a las mujeres a que llevaran en sus manos unas flores rojas por el pasillo hasta la estatua de nuestra Madre María Bendita. Qué gran devoción mostraban estas mujeres por la mujer que es “bendita entre todas las mujeres.” Con lágrimas en mis ojos, tomé un momento para darle un fuerte “gracias” a Dios por el regalo de la maternidad, especialmente por los regalos que me dió con mi madre terrenal, Maria Teresa, quien todavía en sus años 80, hace sacrificios continuos por sus hijos y nietos. También le dí gracias a El por mi Madre Bendita Maria de Nazareth quien nunca falla en venir a mi ayuda. Al final de mi peregrinaje por la tierra, ruego con humildad que yo sea aceptado en los brazos de Dios, donde aspiro a dar gracias eternamente por el “Amor de una Madre.”
