La gracia de actuar y la fe para soltar
Hay una frase que repetimos con frecuencia cuando oramos: “Señor, que se haga Tu voluntad.” La decimos cuando enfrentamos una decisión o cuando ya no sabemos qué más hacer. Pero ¿qué significa realmente?
A veces confundimos la entrega con la pasividad, como si poner algo en las manos de Dios significara esperar que Él lo resuelva todo. Sin embargo, confiar en Dios no significa quedarnos quietos. Podemos pedirle a Dios un trabajo, pero aun así tenemos que enviar el currículum. Podemos orar por una reconciliación, pero quizá tengamos que hacer esa llamada. Podemos poner un proyecto en las manos de Dios, pero todavía tenemos que prepararnos, trabajar y perseverar.
Confiar en Dios no significa dejar de esforzarnos; significa renunciar a la creencia de que nosotros controlamos el resultado.
María nos da un ejemplo perfecto. Cuando el ángel Gabriel le anuncia lo que Dios le está pidiendo, ella responde: “Hágase en mí según tu palabra.” Sin embargo, después de ese “sí”, María no se limita a esperar. Se levanta, emprende el camino, enfrenta la incertidumbre y avanza hacia circunstancias que no podía comprender completamente. Su fiat fue una confianza que puso su vida en movimiento.
Quizás esto se hace más evidente cuando tenemos que tomar una decisión. ¿Debo aceptar este trabajo? ¿Me mudo o me quedo? ¿Comienzo este proyecto? ¿Sigo intentándolo o lo dejo ir? ¿Espero o doy el siguiente paso? En esos momentos, nuestra oración se convierte en: “Señor, dime qué debo hacer.” Queremos una señal clara, algo que elimine la posibilidad de equivocarnos. A veces Dios nos da esa claridad, pero muchas veces no lo hace. Aun así, Él nos ha dado inteligencia, libertad, conciencia, experiencia, personas sabias que pueden aconsejarnos y la capacidad de discernir.
Hay decisiones que claramente contradicen lo que sabemos que Dios desea. Sin embargo, en muchas otras, puede haber varias opciones que sean buenas. Entonces, quizás nuestra oración tenga que cambiar de “Dios, dime qué debo hacer” a “Dios, ayúdame a elegir sabiamente y acompáñame en la decisión que tome.”
Muchas veces seguimos esperando una señal porque tenemos miedo de elegir. Podemos orar, buscar consejo, examinar nuestras motivaciones y considerar las consecuencias. Incluso después de todo esto, es posible que no tengamos una certeza absoluta. Sin embargo, tarde o temprano tenemos que decidir, haya señal o no.
La fe no siempre elimina la incertidumbre; muchas veces nos da el valor para atravesarla.
Podemos pensar en el proceso de tomar una decisión como tres movimientos. Antes de decidir, discernimos: “Señor, muéstrame lo que necesito ver.” Luego actuamos: “Señor, creo que este es el camino. Dame el valor para dar el paso.” Finalmente, confiamos: “Señor, he hecho lo que estaba en mis manos. Ahora pongo el resultado en las Tuyas.”
Esta última parte puede ser la más difícil. Podemos orar sinceramente, elegir responsablemente y aun así descubrir que las cosas resultan de manera diferente a lo que esperábamos. Un camino difícil no significa necesariamente que hayamos tomado una decisión equivocada. El “sí” de María la condujo por un camino de dificultades. Al seguir la voluntad del Padre, Jesús también terminó en la Cruz.
Para entender esto, pensemos en los agricultores. Ellos preparan la tierra, siembran, riegan y cuidan los cultivos. Hacen lo que pueden, pero no pueden obligar a la semilla a crecer. Ahí es donde comienza la confianza.
Quizás las preguntas sean sencillas: ¿Qué me corresponde a mí?, ¿Qué le corresponde a Dios?, ¿Qué decisión estoy evitando? ¿Qué paso puedo dar hoy?, ¿Qué estoy tratando de controlar que en realidad nunca estuvo en mis manos?,
“Que se haga Tu voluntad” no significa: “Dios, decide por mí.” Tampoco significa: “Yo decidiré y Tú harás que todo resulte como yo quiero.” Significa: “Señor, quiero decidir contigo, hacer fielmente lo que me corresponde y confiarte aquello que no puedo controlar.”
Quizás no necesitamos ver todo el camino. Quizás solo necesitamos suficiente luz para dar el siguiente paso. Confiar no es quedarse quieto. Es seguir caminando hacia adelante, sabiendo que no controlamos el destino, pero sí conocemos a Aquel que camina con nosotros.
Claudia and her husband Juan have shared many wonderful years together in Houston. As their four amazing kids are almost all gone to college, the couple is finding joy in spending more time in Claudia’s hometown of Valledupar, Colombia, embracing the chance to be closer to their family.
A passionate entrepreneur, Claudia’s spirit shines through her flourishing online women’s accessories business. Though the past four years have brought with them the challenge of chronic pain, she has persevered, her faith unshaken. Through this journey, her relationship with God has blossomed, and she is filled with gratitude for the blessings in her life.
In the face of adversity, Claudia remains a beacon of hope and acceptance, understanding that His Will guides her path. With unwavering optimism, she openly shares her testimony, inspiring others with the knowledge that, through faith and love, things can always get better.
