Terreno firme
La vida no espera a que estemos listos. Las buenas y las malas noticias llegan cuando les toca. La mayoría pasamos los días en algún punto intermedio, llevando el peso cotidiano del trabajo, la familia, las decisiones y las dudas.
Con los años he aprendido que la pregunta no es si vendrán temporadas difíciles. Vendrán. La pregunta es si habrá algo bajo mis pies cuando lleguen. Para mí, ese terreno se construye con tres prácticas: la Comunión, la Adoración Eucarística y la Confesión.
Estas no son medidas de emergencia. Son la manera en que trato de caminar la vida, en los tramos buenos y en los difíciles, para que cuando el suelo se mueva, sepa a dónde ir. Juntas me dan claridad, fortaleza y cercanía a Dios.
Comunión: el centro que sostiene
A veces entro a Misa concentrada y agradecida. Otras veces entro distraída y cansada, cargando algo que no logro nombrar. La Eucaristía no me pide llegar perfecta. Solo me pide que venga.
Recibir a Nuestro Señor tan frecuentemente como sea posible me da un centro fijo. En medio de todo lo que pasa en el trabajo, en casa o en el ruido del mundo, recibirlo me ancla. Es lo único que no depende de mi desempeño ni de mi estado de ánimo.
Con el tiempo he llegado a ver la Comunión como la forma en que Dios fortalece en silencio mi relación con Él, un día a la vez. La constancia importa más que la intensidad. Los pasos pequeños y fieles afirman el suelo bajo mis pies, muchas veces antes que me dé cuenta.
Adoración: donde vive la claridad
Vivimos en un mundo que nunca deja de hablar: notificaciones, opiniones, fechas límite, ruido. La Adoración es lo contrario. Nos sentamos ante Cristo en el Santísimo Sacramento y hacemos silencio. Eso es todo.
La Adoración lo único que nos pide es presencia. No hay agenda, ni lista de oraciones, ni meditaciones heroicas. No es un trámite, ni es una actuación. En el silencio, los pensamientos repetitivos se calman, las preocupaciones se atenuan y empezamos a escuchar lo que se pierde en el ruido.
Es allí donde encuentro claridad, no la que viene de una hoja de cálculo o de una sesión de estrategia, sino la que se asienta en mí cuando dejo de intentar controlar el resultado y permito que Dios me guíe. Estar ante Él me recuerda que no voy por la vida sola.
He descubierto que mientras más seguido voy, llevo conmigo más de esa quietud. Las decisiones se vuelven más claras. Las reacciones se vuelven más lentas. La paz se convierte en algo a lo que regreso, no en algo que persigo.
Confesión: la puerta que sigues pasando de largo
De las tres, esta es la que la mayoría evitamos por más tiempo. Yo lo sé bien, porque así fue conmigo.
Nos decimos que el pecado es demasiado viejo, demasiado familiar, demasiado vergonzoso para decirlo en voz alta. Nos decimos que ya lo resolvimos, o que Dios ya lo sabe, así que no tiene sentido. Pero cargarlo no es lo mismo que confesarlo, y que Dios lo sepa no es lo mismo que entregárselo.
Durante años cargué un pecado que se había vuelto tan familiar que dejé de reconocer su peso. Llevaba conmigo más de 23 años. Pensaba que simplemente era parte de quien soy. Entonces, durante una temporada de Comunión y Adoración diarias, encontré el valor de entrar al confesionario por primera vez en muchos años.
Esperaba vergüenza. Lo que encontré fue alivio, una ligereza que había olvidado que era posible. Las palabras de absolución del sacerdote se sintieron como una puerta que se abría hacia una habitación cuya existencia yo ignoraba.
La Reconciliación hace algo que los otros dos sacramentos no pueden hacer por sí solos. La Comunión me fortalece y la Adoración me centra, pero la Confesión me libera. Quita lo que se interpone entre tú y Dios, aquello que sigues esquivando, aquello que drena tu paz en silencio sin que te des cuenta.
El terreno bajo tus pies
La vida siempre será una mezcla de buenas y malas noticias, de temporadas de calma y de tormentas. La pregunta no es cómo evitar lo difícil. Es cómo estar preparados.
La Comunión, la Adoración Eucarística y la Confesión frecuente son la manera en que me mantengo firme en Dios. Son la manera en que me mantengo cerca de Él cuando todo va bien y en que encuentro el camino de regreso cuando no. Me dan claridad cuando necesito decidir, fortaleza cuando siento que no me queda ninguna y libertad del peso del pecado que nunca estuve destinada a cargar.
No necesitas esperar una crisis. Empieza ahora. Ve a Misa mañana. Siéntate diez minutos en la capilla. Haz una cita para confesarte. El terreno empezará a formarse bajo tus pies antes de que te des cuenta, asi cuando llegue la próxima tormenta, tus pies ya sepan a dónde ir.
Maria Eugenia grew up in Caracas, Venezuela, raised in a Catholic family of three sisters and one brother. She currently lives in Framingham, Massachusetts, with Alex, her husband of 24 years, and their French Bulldog RoRo. They have twin sons, 21 years old, Carlos and Luis, who are about to graduate from the University of Wisconsin and Boston University respectively. Maria Eugenia and Alex are active servers of Build the Faith, and practice their faith with the support and inspiration of a close group of friends, and guided by the example and legacy of Christina Dangond and her family.
