Ocho años de una nueva vida con Christina Dangond. Un signo que nos señala el cielo
Han pasado ocho años desde la muerte de Christina Dangond, y sin embargo lo que permanece no es simplemente un recuerdo moldeado por el tiempo, sino una vida transformada por la gracia. La gracia tiene una manera de hacer lo que el tiempo por sí solo no puede: no borra el dolor, sino que lo profundiza hasta convertirlo en significado; no atenúa la pérdida, sino que la abre a la esperanza. En estos ocho años, el dolor que rodeó la muerte de Christina no ha desaparecido, pero ha sido recogido, purificado y silenciosamente transformado por Dios en algo nuevo. Lo que perdura no es solo el amor por Christina, sino la gracia que continúa fluyendo a través de su vida: una gracia que aún habla, enseña y nos señala más allá de sí misma.
Christina tenía solo once años cuando murió. Su vida, según los estándares del mundo, fue dolorosamente breve. Sin embargo, en esos años, especialmente los últimos marcados por la enfermedad, su vida adquirió una claridad y una profundidad que muchos nunca alcanzaran. Ella no explicó el sufrimiento; no resolvió el misterio del dolor, pero nos señaló un camino mientras permanecía firmemente dentro de él.
Un signo no existe para sí mismo. No nos pide que nos detengamos a admirarlo. Un signo dirige la mirada, el corazón, al caminante hacia algo más allá. En la imaginación cristiana, una vida santa funciona de este modo: transparente, orientadora, silenciosamente luminosa. La vida de Christina; tan llena de color, alegría, confianza y fe de niña, se convirtió en ese signo, señalando no hacia sí misma, sino hacia el cielo.
Incluso en la enfermedad, Christina resistió la oscuridad, no mediante la negación, sino mediante la presencia. Vivía con una notable atención al momento presente. No esperaba a sanar para comenzar a vivir; no posponía la alegría hasta que el sufrimiento terminara. Ya fuera regresando de largos tratamientos hospitalarios o soportando días agotadores de quimioterapia, insistía en hacer sus tareas, en participar de la vida, en recibir cada día como un regalo. En esto, enseñó algo profundamente teológico sin usar jamás un lenguaje teológico: Dios se encuentra en el momento presente.
Hay muchas historias hermosas dentro de la vida de Christina. Una de mis favoritas sigue siendo la siguiente. Mónica, la madre de Christina, le preguntó una vez: “Christina, ¿cómo sería un día perfecto para ti?” Mónica imaginaba que Christina podría decir: “Cuando ya no tenga cáncer”, o “Cuando terminen mis tratamientos de quimioterapia”, o tal vez: “Cuando me vuelva a crecer el cabello”. Christina, sin embargo, hizo una pausa y reflexionó sobre la pregunta. En lugar de ofrecer alguna de esas respuestas, dijo: “El día perfecto sería aquel en el que realmente sepa que he hecho todo lo que Dios esperaba de mi”.
Quizás el signo más claro que Christina nos ofreció fue su confianza extraordinaria en Dios. Si hubo una oración que dio forma a su joven corazón, fue simple e inquebrantable: Jesús, en ti confío. Esas palabras —Jesús, en ti confío— se convirtieron en algo más que una frase. Se convirtieron en su actitud ante Dios. No luchaba con Dios desde el miedo; se aferraba a Él en la entrega.
En un momento dado, le pidió a su madre si podía añadir una oración a sus oraciones diarias. Cuando le preguntaron qué quería decir, Christina respondió: “Quiero decirle a Dios que Él puede hacer lo que quiera con mi vida”. Pocos adultos llegan a una entrega así después de toda una vida de fe. Christina llegó allí siendo una niña. En ella, la confianza no fue resignación: fue libertad.
Ocho años después, muchos siguen haciendo las mismas preguntas que se hacían entonces: ¿Por qué? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué una pérdida así? El cristianismo no ofrece respuestas fáciles a estas preguntas. Lo que ofrece, en cambio, es presencia y promesa. La promesa que el sufrimiento no está vacío. La promesa que el amor es más fuerte que la muerte. La promesa que el cielo no está distante cuando se confía plenamente en Dios.
Christina no se convirtió en un signo porque murió joven. Se convirtió en un signo porque vivió fielmente… porque confió sin condiciones… porque aceptó cada día como un regalo… porque mostró que la santidad no se mide por los años, sino por el amor.
Christina todavía nos señala el camino a casa.
Ocho años después, no solo recordamos a Christina, sino que seguimos hacia donde ella señaló. Su vida; breve, luminosa y entregada, continúa dirigiendo nuestra mirada más allá de lo visible, más allá de lo que puede explicarse, hacia la promesa del cielo que a ella la atraía de manera tan natural.
Ella permanece para nosotros como un signo: no reteniendo nuestra atención, sino elevándola. No llevándonos hacia dentro, sino hacia arriba. Al mirar hacia donde ella señaló, nos encontramos de pie, llenos de asombro, ante un misterio más grande que la pérdida, más grande que el sufrimiento, incluso más grande que la muerte misma.
Es así, como no terminamos con respuestas, sino con alabanza, con el canto que una vez acompañó nuestra despedida y que ahora acompaña nuestra esperanza:
“Y su gloria aparece
como la luz del sol.
De edad en edad Él resplandece.
Oh, mira a los cielos,
escucha a los ángeles clamar,
cantando: ‘Santo es el Señor’.”
(Canción de Brooke Fraser y Hillsong)
Ocho años después de su partida, puedo hablar personalmente de los frutos que he visto a través de la intercesión de Christina en el cielo. A través de su testimonio, mi propia comprensión del sacerdocio se ha profundizado, sino como algo que se administra, más como algo que se entrega. El Instituto de la Sagrada Familia de “Boston”, nunca habría surgido sin la gracia que broto de su vida, este continúa creciendo, abriendo caminos hacia una mayor santidad en la vida familiar. Los retiros anuales de hombres y mujeres en Damasco han perdurado y dado fruto, atrayendo corazones de nuevo a Dios, y la organización sin fines de lucro Build the Faith ha ampliado su misión, ayudando a construir iglesias, conventos y casas de retiro en regiones económicamente deprimidas alrededor del mundo. Estos no son logros: son regalos del cielo.
¡Christina, te queremos!
Fr. Michael Harrington, a native of Swampscott, MA, is a Catholic Priest for the Archdiocese of Boston, and Currently the Pastor of St. Mary’s of the Annunciation Catholic Church in Cambridge. In the past he served as The Director of the Office of Cultural Diversity for the Archidiocese of Boston and is currently a Consecrated member of the Institute of Jesus the Priest (the Pauline Family).
