María es Reina del Cielo y de la Tierra
Llamamos a María Reina del Cielo, Reina de los Apóstoles y Reina de todos los que creen en Jesús. Pero ¿qué significa realmente llamar a María Reina y por qué ocupa un lugar tan especial en nuestra fe?
Para los católicos, todo comienza con una verdad sencilla y, al mismo tiempo, extraordinaria: María es la Madre de Dios. Ella no solo dio a luz a Jesús, sino que también fue su primera discípula. Le dijo “sí” al ángel Gabriel, acompañó a Jesús durante toda su vida, permaneció al pie de la Cruz y estuvo con los discípulos después de la Resurrección. Por eso la reconocemos como nuestra Madre: una madre que nos acompaña y nos protege y, sobre todo, que intercede por nosotros ante su Hijo.
Una de las expresiones más hermosas de esta intercesión la encontramos en las apariciones de Santa Catalina Labouré, una joven religiosa de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. En 1830, en la capilla de la casa madre de la congregación en París, Catalina vivió los acontecimientos que dieron origen a la Medalla Milagrosa.
Según el testimonio de Catalina, María se apareció de pie sobre un globo terráqueo, con una serpiente bajo sus pies y las manos extendidas hacia el mundo, de cuyos dedos emanaban rayos de luz. Alrededor de la Virgen aparecía la inscripción: “Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.” En otras palabras, los rayos tenían un significado especial. Representaban las gracias que Dios concede a quienes las piden por intercesión de María. Esto nos recuerda algo fundamental: María no es la fuente de la gracia; Dios lo es. María es la intercesora.
Por esta razón, la Medalla Milagrosa no debe entenderse como un talismán, sino como un signo que nos conduce a la fe, a la oración y a Cristo. María no reemplaza a Dios ni posee ningún poder independiente de Él. Como una madre que presenta las necesidades de sus hijos, ella intercede por nosotros y nos conduce hacia su Hijo.
Podemos ver claramente un ejemplo de la misión de María como nuestra intercesora en las bodas de Caná. Cuando María se da cuenta de que se ha acabado el vino, presenta esta necesidad a Jesús y luego les dice a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga.” Estas palabras resumen toda su misión. María no nos pide que la pongamos en el lugar de Cristo; ella nos conduce hacia Él.
Pero ¿por qué llamamos a María Reina?
Para comprenderlo, debemos recordar la tradición del reino davídico. En el antiguo Israel, la madre del rey ocupaba un lugar de honor especial. Como Reina Madre, o Gebirá, la madre del rey participaba de la dignidad de su reinado al interceder por el pueblo. Betsabé, madre de Salomón, fue la primera en ocupar este distinguido papel (1 Reyes 2:19). La tradición católica ve aquí una imagen que nos ayuda a comprender el papel de María: Jesús es el Rey y María, su Madre, participa de una manera única al interceder por el Pueblo de Dios.
Esta comprensión también está relacionada con el dogma de la Inmaculada Concepción. Creemos que Dios preparó a María desde el primer momento de su existencia para ser la Madre del Salvador y para participar de una manera única en la historia de la salvación. Por eso, cuando contemplamos a María como Reina, no debemos imaginarla como una figura distante. Podemos verla como nuestra Madre: aquella que intercede por nosotros, nos acompaña, nos enseña a confiar y nos recuerda continuamente el camino que conduce a Cristo.
María siempre nos conduce a Jesús. En Caná nos dice: “Hagan lo que Él les diga.” A través de la Medalla Milagrosa, nos invita a acudir a ella y pedir su intercesión. En toda auténtica devoción mariana encontramos el mismo mensaje: acercarnos a María significa acercarnos a Cristo. Por eso, al celebrar a María como Reina del Cielo y de la Tierra, podemos orar:
Santa Virgen, Madre de Dios y Reina de los Apóstoles, guárdanos en tu corazón. Intercede por nosotros ante tu Hijo. Ayúdanos a permanecer fieles a Cristo, a caminar con fe y esperanza y, algún día, alcanzar con Él la vida eterna. Amén.
Fernando Dangond, MD, was born in Colombia, South America. He and his wife, Monica, live in Weston, MA, and have been blessed with two sons Daniel and David and a beautiful daughter, Christina (the inspiration behind Build the Faith) who left to be with the Lord 7 years ago.
Dr. Dangond, is a neurologist and scientist who works for a pharmaceutical company developing medicines to treat devastating neurological diseases.

