Dios Tiene Mejores Planes
Hay un tipo particular de oscuridad que llega cuando tu vida profesional se fractura sin aviso. No es un cambio lento que puedes ver venir, sino una grieta repentina, de esas que te hacen cuestionar todo lo que creías saber sobre ti misma, sobre tu valor y sobre tu lugar en el mundo.
Yo he estado en esa oscuridad. Si estás leyendo esto, es posible que tú también hayas estado ahí, o que estés ahí ahora mismo. Esta no es una historia sobre lo que me pasó. Es sobre lo que aprendí en esa temporada acerca de la ansiedad y la entrega.
La ansiedad es una mentirosa que aparece en el instante preciso. Espera el momento en que algo genuinamente sale mal, toma esa situación y construye una catedral de miedo a su alrededor. Te susurra que el peor escenario es el único escenario. Te dice que estás fracasando, que todos lo pueden ver, y que esto no es un capítulo, sino el final.
Si vives con ansiedad, como muchos de nosotros, conoces la diferencia entre la preocupación y ese tipo de miedo que te reconfigura el pensamiento. Algunos lo manejamos con apoyo profesional, con terapia, con medicamentos, o con ejercicio y rutina. Estas son herramientas sabias y necesarias, y no hay vergüenza en ninguna de ellas. Dios nos hizo cuerpo, mente y espíritu, y cuidar de los tres es lo responsable.
Sin embargo, esto es lo que he aprendido: las herramientas que manejan la ansiedad a veces no son suficiente. Los medicamentos pueden acallar el ruido, y un buen terapeuta puede ayudarte a ver los patrones, pero cuando estás despierta a las 2 de la mañana y la ansiedad te dice que tu vida se está desmoronando, solo una voz tiene la autoridad para decir lo contrario: la de Dios.
En medio de la temporada profesional más difícil de mi vida, elegí hacer la oración más difícil que existe. No fue “Dios, arregla esto.” Tampoco “Dios, dame una salida.” En cambio, simplemente oré: “Dios, te entrego esto a ti.”
La entrega es el acto de fe más contraintuitivo que existe. Todo en nuestra formación profesional nos dice que tomemos el control, que elaboremos estrategias, que forcemos el resultado. Aunque hay un momento para todo eso, llega un punto en ciertos momentos en que tu propio esfuerzo ha llegado a su límite, y lo único honesto que queda por hacer es abrir las manos y soltar.
Entregarse no significa ser pasiva. Yo seguí haciendo mi trabajo con excelencia. Seguí manteniendo la frente en alto en reuniones donde habría sido más fácil hacerme pequeña. Lo que también hice fue dejar de aferrarme al resultado con todas mis fuerzas. Dejé de exigir que la situación se resolviera en mi tiempo. Incluso dejé de intentar escribir el final yo misma. Con mi entrega, algo cambió, no en las circunstancias y no de inmediato, sino dentro de mí.
Hay un dicho que dice que cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana. Lo que nadie te dice es que el pasillo entre las dos es un tipo de infierno único. No puedes ver lo que hay adelante. La puerta detrás de ti está cerrada con llave. La ansiedad está justo a tu lado, narrándote cada posible desastre, diciéndote que el pasillo es tu destino; pero la fe te dice que es solo un pasaje.
Pasé meses en ese pasillo… meses sin saber… meses eligiendo, diaria e imperfectamente, confiar en que el Dios que me había cargado en cada otra temporada no me iba a abandonar en esta.
La fe en el pasillo no es segura de sí misma. No es la adoración despreocupada de un domingo por la mañana. Es la confianza callada, con los dientes apretados, de un martes por la noche cuando nada ha cambiado y eliges creer de todas formas. Es entregarse una y otra vez, porque la entrega no es un acto único. Es una disciplina diaria.
Te voy a contar cómo termina la historia, no porque mi historia sea especial sino porque sigue un patrón que he visto una y otra vez en la vida de personas que entregan sus momentos difíciles a Dios. El final que Dios escribió no fue el que yo quería. Fue mejor.
Surgió una oportunidad que no existía cuando mi crisis comenzó. Una puerta que no podía haber conocido, que condujo a un resultado que no habría podido soñar, llegó porque Dios estaba trabajando en el trasfondo de mi historia.
Mirando hacia atrás, lo puedo ver con claridad: la temporada que se sintió como destrucción en realidad fue redirección. Aunque mi entrega no fue fácil ni sin dolor, me permitió confiar en Dios aun cuando no podía ver lo que Él estaba haciendo, y me permitió decirle “no” a mi ansiedad. Mi entrega dejó que Dios terminara lo que Él comenzó, y si lo hizo por mí, lo puede hacer por ti también.
Maria Eugenia grew up in Caracas, Venezuela, raised in a Catholic family of three sisters and one brother. She currently lives in Framingham, Massachusetts, with Alex, her husband of 24 years, and their French Bulldog RoRo. They have twin sons, 21 years old, Carlos and Luis, who are about to graduate from the University of Wisconsin and Boston University respectively. Maria Eugenia and Alex are active servers of Build the Faith, and practice their faith with the support and inspiration of a close group of friends, and guided by the example and legacy of Christina Dangond and her family.


