Abramos los Ojos del Espíritu
Somos seres espirituales en peregrinación por este mundo. Por un tiempo, habitamos una especie de envoltura, una armadura que llamamos cuerpo físico. Sin embargo, incluso desde una perspectiva científica, esta “armadura” está lejos de ser permanente. Los componentes moleculares y celulares de nuestro cuerpo se renuevan constantemente. Las células mueren y son reemplazadas. Las células madre en nuestros tejidos nos sostienen y reparan silenciosamente. En un sentido muy real, la persona que hoy tiene 50 años no está hecha de la misma materia que existía en su infancia. Somos organismos en transformación continua.
Incluso nuestros pensamientos surgen de un órgano físico: el cerebro. Esta estructura extraordinaria nos permite razonar, reflexionar, deducir, crear y explorar los misterios del universo a través de la ciencia. Nos distingue dentro del mundo visible.
Aun así, hay algo más profundo que la biología y el intelecto.
En el núcleo de nuestro ser se encuentra el espíritu, nuestra esencia central, única e irreemplazable. El espíritu es lo que nos da la verdadera vida y nos hace plenamente humanos. Nos permite amar, sentir compasión, anhelar a Dios, buscar el bien común sin egoísmo y esperar un futuro mejor para las generaciones que aún han de venir. Mientras el cuerpo cambia y la mente se desarrolla, el espíritu es lo que define quiénes somos en verdad.
Sin embargo, el espíritu, como toda realidad viva, puede debilitarse. Jesús enseña que puede volverse rígido, corroído, incluso ciego.
Tenemos libre albedrío. Cada día elegimos entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la generosidad y el egoísmo. La vida se convierte en una especie de campo de entrenamiento espiritual donde cada decisión moldea la condición de nuestro espíritu. No fuimos enviados al mundo simplemente para existir, acumular posesiones o perseguir un éxito pasajero. Estamos aquí para perfeccionar nuestro espíritu, para formarlo, fortalecerlo y permitirle crecer.
No estamos solos en esta tarea. Jesús es el alfarero; nosotros somos el barro. Aun así, el barro debe dejarse moldear. La transformación requiere entrega.
Para quien vive en armonía con el Espíritu Santo, ningún momento se desperdicia. Cada segundo; agradable o doloroso, se convierte en una oportunidad de crecimiento espiritual. Incluso el sufrimiento tiene propósito. Esta verdad se expresa bellamente en 1 Pedro 1:6–7, donde las pruebas se comparan con el oro refinado por el fuego. Así como el metal precioso se purifica en las llamas, la fe se fortalece en la adversidad. Como el acero se forja en el fuego, así el espíritu se robustece en la prueba.
Imagina vivir con lo que parece un superpoder: vivir sin sentir el miedo paralizante, la duda que incapacita, la vergüenza o el sentimiento de inferioridad. Imagina enfrentar las tormentas de la vida sin perder la paz interior. ¿No sería eso verdadera libertad?
Una persona llena del Espíritu Santo vive precisamente de esa manera. Lo vemos en las vidas luminosas de los santos. Sus circunstancias no siempre fueron fáciles, pero su fortaleza interior era inquebrantable.
Entonces, ¿cómo cultivamos un espíritu así? Abriendo los ojos del espíritu.
Desde Adán hasta hoy, la humanidad ha compartido una realidad innegable: somos pecadores. Por eso Jesús sanaba con frecuencia la ceguera física mientras enseñaba sobre su significado más profundo; la ceguera espiritual. En Juan 9:39–41, advierte que quienes reconocen su ceguera pueden ser sanados, pero quienes insisten en que ven no dejan espacio para la gracia. Quien reconoce su necesidad de Dios abre la puerta a la transformación. Quien la niega corre el riesgo de permanecer atrapado.
Cuando se abren los ojos del espíritu, ocurre algo extraordinario. Comienzas a percibir la vida de manera diferente. Un atardecer se convierte en un susurro del cielo. Los actos de bondad se sienten como encuentros con ángeles. La paz se asienta en tu corazón, no una paz frágil que depende de las circunstancias, sino una seguridad profunda y permanente de que eres plenamente amado por tu Padre celestial.
Esta paz no es inactividad ni ausencia de problemas. Es una estabilidad divina arraigada en la confianza.
Invertimos tiempo fortaleciendo el cuerpo, yendo al gimnasio, cuidando nuestra salud. No descuidemos entonces el ejercicio diario del espíritu: la oración, la gratitud, el perdón, la caridad y la confianza. Estas son las disciplinas que construyen una fortaleza eterna.
Abramos los ojos del espíritu. Dejémonos moldear; y que nunca olvidemos decir, cada día:
Jesús, en Ti confío.
Fernando Dangond, MD, was born in Colombia, South America. He and his wife, Monica, live in Weston, MA, and have been blessed with two sons Daniel and David and a beautiful daughter, Christina (the inspiration behind Build the Faith) who left to be with the Lord 7 years ago.
Dr. Dangond, is a neurologist and scientist who works for a pharmaceutical company developing medicines to treat devastating neurological diseases.

