La Fortaleza
«¿No te he mandado que seas valiente y firme? No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas.» (Josué 1,9)
La fortaleza, como todos sabemos, no solo es un don del Espíritu Santo, sino también una de las cuatro virtudes cardinales. Es la disposición de una persona para hacer el bien, incluso a costa de cualquier sacrificio.
Ahora bien, si la fortaleza existe como don o virtud, eso presupone que, como seres humanos, somos vulnerables, que por naturaleza somos débiles e indefensos. Sin embargo, con la gracia de Dios, podemos superar nuestros miedos y debilidades.
Muchas veces, se piensa erróneamente que alguien posee la virtud de la fortaleza simplemente porque puede soportar un gran dolor o sufrimiento. Pero la fortaleza solo se considera virtud cuando está unida al deseo de justicia, es decir, al anhelo de ser santos y agradables a Dios. La fortaleza no es temeridad ni amor al peligro; es más bien algo que nos libera del apego excesivo a la vida, ese apego que puede hacernos perderla por no hacer lo correcto. Significa poner a Dios en primer lugar, incluso a costa de nosotros mismos. La dificultad y el esfuerzo no definen la virtud; lo que la impulsa es el bien que se busca. Tener fortaleza no es no tener miedo; es no permitir que el miedo nos lleve a negarnos a hacer la voluntad de Dios, y; por lo tanto, actuar mal.
Otras cosas que se confunden con la fortaleza son la ira o el enojo. la persona fuerte no es la que ataca, sino la que resiste. El egoísmo y el afán desordenado de seguridad o sobreprotección también son contrarios a esta virtud.
Como toda virtud cardinal, la fortaleza da lugar a otras cualidades o atributos, como la paciencia; esa capacidad de mantenerse sereno y claro de mente a pesar de las heridas sufridas por haber hecho el bien. A través de la paciencia, seguimos siendo dueños de nosotros mismos y poseemos nuestra alma.
Otra virtud que nace de la fortaleza es la confianza; la esperanza de que la providencia de Dios siempre estará presente y de que, al final, Él nos recompensará.
Por supuesto, no puede haber fortaleza sin amor, porque el amor es el que impulsa a la persona a hacer el bien, sin ceder, incluso ante el riesgo de herida o muerte.
Como podemos ver, la fortaleza es sinónimo de martirio. Pidamos a todos los que dieron su vida por Cristo que nos consigan la gracia de ser fuertes y firmes en nuestras batallas cotidianas.
Mother María Elena Martínez is a nun, born in Mexico City, where she still resides today. She has had a consecrated life for more than 30 years. She is currently a member of a community called María Madre del Amor which is dedicated to evangelization through Emmaus retreats in parishes and prisons and Sicar retreats for young people.
