Jesus en lo Sencillo
A quienes nos ha pasado pensar que, para encontrar a Dios, necesitamos experiencias grandes: peregrinaciones, milagros sorprendentes, momentos que nos hagan vibrar, apariciones. Y sí, Él se deja ver ahí… pero ¿te has detenido a pensar que también está en lo pequeño? En el olor del pan recién horneado, en la mirada de alguien que nos quiere, en la risa de un niño, en el susurro suave del viento, en el recuerdo de un ser amado, en lo simple y cotidiano.
Jesús mismo pasó treinta años en Nazaret viviendo lo sencillo. Aunque nada quedó escrito, el hecho de no tener información de su vida durante esos años nos indica que llevó una existencia ordinaria: trabajando con sus manos, compartiendo la mesa, caminando por las calles de su pueblo, sentándose a comer con sus padres. Su vida cotidiana nos recuerda que lo ordinario también puede ser sagrado, si lo vivimos con amor y con los ojos abiertos a su presencia.
El problema es que nos cuesta detenernos. Vivimos rodeados de ruido: el tránsito ensordecedor, las notificaciones, las conversaciones. Y no es solo el ruido de afuera, también el de adentro: pensamientos que no paran, preocupaciones, inquietudes que nos roban la calma. Jesús lo sabía; por eso buscaba la soledad para orar, para escuchar al Padre sin distracciones. En el silencio, el corazón encuentra orden, la mente descansa y el alma se abre a la ternura de Dios.
¿Qué pasaría si hiciéramos un ejercicio sencillo? Busca un rincón tranquilo, apaga lo que te distraiga, cierra los ojos y respira. Piensa en tres momentos de tu día que te hayan regalado paz o alegría. Reconócelos como un don de Dios. No necesitas muchas palabras; basta con decirle: “Aquí estoy, Señor”. Tal vez no escuches nada, pero sentirás que no estás solo. Deja que la paz de ese instante te envuelva y, en ella, reconocerás la presencia de Dios.
A veces pensamos que la vida espiritual se mide en grandes gestos o experiencias extraordinarias, pero la verdad es que el corazón de nuestra fe se juega en lo cotidiano. En la paciencia de escuchar a alguien que necesita desahogarse, en el perdón ofrecido, aunque nos cueste, en el agradecimiento por un nuevo amanecer, en el gesto sencillo de compartir un pan con alguien querido. Cuando abrimos los ojos a estos momentos, comprendemos que Dios no solo habita en el templo o en la liturgia, sino también en cada rincón de nuestra vida diaria. Él se manifiesta en lo ordinario para enseñarnos que todo puede ser lugar de encuentro con su amor.
Cuando aprendemos a descubrir a Dios en lo simple y a escucharlo en el silencio, comprendemos que no existe un instante vacío ni una soledad absoluta. Cada gesto, cada pausa, cada suspiro puede ser un encuentro. Dios camina contigo, te habla en lo sencillo y te abraza en lo callado. Vivir así es aprender a ver lo invisible y a escuchar lo que el mundo pasa por alto: Jesús está vivo.

Born and raised in the Dominican Republic, Deacon Franklin came to know Christ as a child thanks to his grandfather, Nicasio Mejía. Nicasio introduced Franklin to the spiritual life and the doctrine of the Catholic faith. Because of this, Franklin was a very active member of the Salesian youth groups in his community from a very young age and, as he grew older, he received training to become a youth leader.
Upon arriving in the United States, Franklin worked for the Hispanic Youth Ministry in the Archdiocese of Boston organizing sports tournaments, youth leadership training programs, and an outreach ministry dedicated to visiting youth in prison. Deacon Franklin’s passion for evangelization led him to Catholic Television, where he was the host and producer of “Good News.” His desire to evangelize through the media was inspired by Pope John Paul II, who encouraged the Church to use all media to present Christ to others.
Ordained in 2014, Deacon Franklin was assigned to Sacred Hearts Parish in Malden and he continues his work at the Catholic Television Network, Boston in charge of the production of The Holy Mass.
He has been happily married to his wife, Wendy, for 18 years and they are the proud parents of Gabriel Andres, 17 and Isabella María, 13.
