Cultivando la oración
Con la llegada de la Cuaresma, me encontré reflexionando sobre mi vida de oración y sus comienzos. Al crecer, Dios y la Iglesia siempre estuvieron presentes, entretejidos en la trama de mi vida; a través de la Misa dominical, la oración antes de la cena y las oraciones antes de dormir cada noche. Aun así, a medida que crecí, Dios se sentía distante. Amoroso, sí, pero lejano. Imaginaba a Dios y a Jesús en algún lugar más allá de las nubes, escondidos en un sitio llamado cielo que se sentía abstracto y apartado.
El cáncer cambió eso. Trajo a Dios a la tierra.
Tenía dieciocho años cuando me diagnosticaron. Una de las primeras cosas que hicieron mis padres fue colocar mi crucifijo y una pequeña estatua de madera de la Virgen María sobre la mesa de noche en mi habitación del hospital, testigos silenciosos de lo que pronto se desarrollaría allí. También me dieron mi primer rosario, que incluía un folleto con instrucciones para rezarlo. “Es hora que tengas uno propio”, me dijo mi padre.
Tener el rosario sobre la mesa junto a mi cama del hospital me recordaba el rosario de mi padre en su propia mesa de noche en casa. Su presencia, junto con mi crucifijo y la figura de María, se sentía como un gran abrazo. Eran un símbolo no solo del amor de mis padres, sino también de su fe y confianza en Dios.
Esa primera noche, sosteniendo entre mis manos las cuentas de vidrio azul claro, viendo cómo la luz fluorescente se reflejaba en sus facetas con un destello, me envolví el rosario en las manos y comencé a rezar. Rezar el rosario se sentía reconfortante y tranquilizador. La familiaridad de los pasajes bíblicos que acompañaban los misterios y la repetición de las oraciones pronto se convirtieron en un refugio, una fuente de calma en medio del miedo y la agitación de mi diagnóstico.
Muy pronto, rezar el rosario se convirtió en mi ritual antes de dormir; una oportunidad para conectarme con Jesús y María y permitir que su ejemplo moldeara mi vida. Pronto me encontré pasando más tiempo conversando con Dios y con la Santísima Madre. Aunque entonces no lo sabía, estaba construyendo la memoria muscular para una vida con más oración, una vida más cercana a Dios.
En ese tiempo, no era la única que rezaba. Las personas a mi alrededor también rezaban. Mi familia y amigos asaltaban el cielo en mi nombre. Amigos de amigos rezaban. Mi parroquia rezaba. Todo el convento de mi tía abuela rezaba. Profesores y estudiantes de mi universidad rezaban. Incluso personas que nunca había conocido rezaban por mí y por mi familia. La oración parecía deslizarse suavemente en cada rincón de mi vida; y poco a poco, de manera inconfundible, comencé a sentir su poder y su gracia.
Ahora, años después, cuando la Cuaresma está por comenzar, me encuentro regresando a aquellas oraciones en la habitación del hospital con gratitud y humildad. Me doy cuenta que la vida de oración que echó raíces en aquella cama de hospital hace tanto tiempo, sigue dando forma a mis días, acercándome cada vez más a un Dios que sigue estando muy presente aquí en la tierra, cercano y atento.
Que tu Cuaresma sea un tiempo de reflexión y renovación, que crezcas en tu relación con nuestro Dios, que no es distante ni abstracto, sino que está aquí, a nuestro lado.
Deb Egan grew up in a Catholic family. Throughout her adult life, she has participated as a church volunteer in many capacities, including teaching Religious Education, being a Eucharistic Minister and Lector, Ministering to the elderly and homebound, and Facilitating Small Faith Groups. She has been trained by Evangelical Catholic and became a member of the Build the Faith Team in April of 2017.
