Cristo Nos Invita a Exponer Nuestras Heridas
Cuando Adán y Eva comieron por primera vez del fruto prohibido, experimentaron una vergüenza que los llevó a cubrir su desnudez. Esto tiene un peso espiritual significativo. Su estado físico de desnudez, antes de la caída, señalaba una verdad espiritual: nada estaba oculto entre ellos, sus corazones estaban expuestos y eran vulnerables el uno al otro sin ninguna sensación de vergüenza. Sin embargo, después de pecar, se cubren, lo que también señala una decisión con implicaciones espirituales. Es decir, que tras haber caído en pecado, experimentan miedo a la vulnerabilidad, y ahora, ellos que antes eran esposos, viven con temor el uno del otro, por si acaso el otro descubre sus imperfecciones y heridas. Al comenzar a ocultarse el uno del otro, también se esconden del Señor en el Jardín.
Esta historia en las Escrituras y las decisiones de Adán y Eva son más que relatos; ilustran nuestras propias conductas. La Escritura es como mirar en un espejo donde nos descubrimos a nosotros mismos. En esta parte del Génesis, vemos ilustrada esa misma tendencia que tenemos después de pecar: cubrirnos y ocultar nuestras huellas. Nos convertimos en prisioneros de la vergüenza y el miedo, preguntándonos qué pensarán los que tienen autoridad sobre nosotros, temerosos del castigo, preocupados por las consecuencias. Nuestras heridas permanecen cubiertas, sin ser atendidas; nos matan lentamente, mientras sangramos espiritualmente.
Esta misma tendencia se encuentra entre los discípulos después de la Pasión y muerte de Jesucristo. La mayoría de los apóstoles abandonaron a Jesús y se escondieron por miedo, igual que Adán y Eva. Sin embargo, Jesús, al igual que Dios en el Jardín, fue en busca de ellos, entrando en el lugar donde se ocultaban el Domingo de Pascua. Sus palabras son asombrosas. Los saluda diciendo: “La paz esté con ustedes”, asegurándoles su perdón, y luego Jesús hace algo absolutamente maravilloso… les muestra sus manos y su costado, se descubre a sí mismo para mostrarles a los discípulos sus heridas.
Lo que se representa aquí es un momento de triunfo. Jesús es el nuevo Adán. En lugar de ocultar sus heridas, las expone para que todos las vean. Su gesto demuestra la reversión del pecado original y nos llama, junto con los discípulos, a no tener más miedo. Jesús, al mostrar sus heridas, nos invita a no temer y a hacer lo mismo. Nos asegura que con sus heridas ha pagado el precio por nuestros pecados y que a través de esas heridas podemos ser sanados. Sin embargo, el Señor respeta nuestra libertad y espera que también nosotros expongamos nuestras heridas, para que él pueda sanarlas con el perdón de los pecados que ganó para nosotros con su muerte y resurrección.
De este modo, podemos entonces ser como nuestro Maestro, mostrando a otros que tienen miedo, que también nosotros hemos sido heridos, pero que eso no ha sido suficiente para derrotarnos; que, por la gracia de Dios, tal vez hayamos sido marcados, golpeados y heridos, pero Cristo nos ha dado una vida nueva. Hemos resucitado con él.
Fr Gabriel, the fourth of six children, was raised in a Catholic family in Framingham, Massachusetts. By the end of high school, he felt a clear calling to the priesthood, though he initially struggled to accept this vocation. Pursuing his dream of studying art, he found himself continually confronted by the question of his vocation. Eventually, Gabriel decided to stop running and went to the Domus Galilee in Israel for a period of discernment. This pivotal decision allowed him to embrace his calling. Father Gabriel was ordained as a priest in May 2024 and is currently serving at the Immaculate Conception Parish in Marlborough, Massachusetts.
