Un solo Cuerpo, una sola Familia
Esta reflexión está siendo escrita al día siguiente de otro tiroteo masivo; personas inocentes asesinadas y heridas, padres devastados y estudiantes marcados con un trauma de por vida que ningún cirujano puede corregir. Otra atrocidad más en un país tan acostumbrado a la violencia armada que hemos llegado a aceptarla como una realidad inmutable. Es poco probable que este hecho permanezca en los titulares más allá del ciclo noticioso obligatorio de 72 horas. Nuestro nivel de duelo e indignación ya no puede sostenerse, ahora nos hemos resignado a vivir así, decidiendo que una reforma significativa es inalcanzable.
Una amiga me compartió recientemente que cualquier intento de imponer controles estrictos y efectivos al mercado de armas de asalto en Estados Unidos sería tan inútil como intentar volver a meter la pasta de dientes en el tubo. Aun así, para quienes tenemos hijos (que parecen ser los blancos más atractivos de estos horribles actos de terror), esta mamá tiene que preguntar: “¿Por qué no lo intentamos?”
Aunque esta pregunta pueda parecer ingenua, para los cristianos a quienes se nos ha confiado la tarea de orar por construir una tierra como en el cielo, la pregunta es una prueba de nuestro compromiso con el vínculo del amor, el vínculo de la perfección en Cristo Jesús, como un solo cuerpo, una sola familia humana.
Sin embargo, parece que hemos perdido el hilo. Da la impresión que ya no miramos a los ojos de estos niños inocentes y vemos en ellos a nuestras propias familias.
Vemos esta desconexión reflejada en nuestra respuesta colectiva. Nuestro nivel de dolor parece proporcional a nuestra cercanía física con la tragedia. Para quienes vivimos en el noreste, por ejemplo, Newtown, Connecticut, y la Universidad de Brown se sienten como si “fácilmente podríamos haber sido nosotros…”. Como si los niños asesinados en escuelas de Minneapolis o de Uvalde, Texas no se parecieran a nuestras propias familias y, por lo tanto, merecieran menos lágrimas; como si pudiéramos quedarnos sin reservas de sal, con lágrimas tan limitadas como nuestros corazones, restringidas a los lugares que llamamos hogar.
La fiesta de hoy de la Sagrada Familia ofrece más que una simple invitación a la paz en nuestros hogares. Es algo más grande. Es un llamado a reconfigurar nuestros corazones para cuidar deliberadamente de todos: honrando a nuestras hermanas, venerando a nuestros hermanos, cuidando de nuestras madres y padres, y promoviendo la justicia para nuestros hijos. Esta fiesta nos llama, como un solo cuerpo, a la paz de Cristo como una sola familia amada.
La paz de Cristo no es una paz pasiva, resignada a poner una distancia impía entre nosotros y quienes están lejos. Es una paz que se lucha con una compasión desbordante por cada persona humana; una compasión que se niega a mirar hacia otro lado o a volverse complaciente. Es una paz que nombra el mayor fracaso de voluntad en la historia de nuestra nación, una paz que se alcanza sabiendo que hemos hecho todo lo que está en nuestras manos. Es una paz que sostiene una indignación incansable, una paz que se encuentra al intentar volver a meter la pasta de dientes en el tubo, porque, aunque sea difícil, es posible.
Hoy escuchamos cómo la Sagrada Familia huye para salvar su vida. Refugiados forzados en Egipto, escaparon del peligroso poder político que amenazaba la seguridad de su hijo, un niño que no tenía medios para defender su vida, pero que era, de hecho, la vida misma.
Como cristianos, hoy se nos pide defender la vida. Se nos encarga mirar ese pesebre y decidir qué es lo que vamos a adorar en él. ¿Será la gloria en ese pesebre el poder, el dinero, la influencia o una libertad mal entendida? ¿Será que su gloria a Jesús, el niño vulnerable y Príncipe de la Paz?
Esta Navidad, con mi familia reunida, daré gracias por la gracia de tener a los dos corazones palpitantes que una vez latieron dentro de mí, vivos y cantando villancicos, cantos sobre nuestro Creador que nos amó tanto que vino a estar en medio del terrible desorden que hemos hecho de la creación. Es un gesto que solo un padre o una madre podrían hacer: un amor sin límites. Sin embargo, en medio de una gratitud y alegría profundas, no podemos adormecernos. Debemos ampliar los límites de nuestra humanidad y ver a nuestros propios hijos en los casi mil que han muerto en tiroteos escolares en la historia reciente; aquellos que no estuvieron alrededor de sus mesas en Navidad. Con la determinación de María y José, debemos proteger la vida de los inocentes por todos los medios posibles y negarnos a aceptar esto como algo normal.
Kelly Meraw is the Director of Liturgy, Music, and Pastoral Care for St. John – St. Paul Collaborative in Wellesley, Massachusetts. Kelly earned her Master’s Degree from McGill University, where during her undergraduate studies, she was received into the Catholic Church through the RCIA program at St. Patrick’s Basilica in Montreal, Canada. Kelly brings her deep love of scripture, liturgy, music, and devotion to Church teaching and tradition to her ministry.
In her parishes she leads bible studies; organizes faith sharing circles and social justice initiatives; leads communion, wake and committal services; offers adult faith enrichment programming; and shepherds bereavement ministries.
Currently she finds the undeniable movements of the Holy Spirit and great hope in the process of living as a deeply listening Church. After this first session of the Synod on Synodality she will continue to engage in the communal discernment process offering fulsome and inclusive ways to serve the Church’s current Synod.
