Juzgar Impide Perdonar
Nuestras vidas pasan rápidamente mientras buscamos incesantemente algo que nos derive satisfacción, en el corto, mediano o largo plazo. Evitamos el dolor y buscamos lo gratificante y placentero. Pero muchas veces nos saboteamos a nosotros mismos, en nuestro afán egoísta de interpretar el mundo sólo a nuestra manera, con nuestros ojos, con nuestros sentimientos, y con nuestros pensamientos.
Ese egocentrismo puede, a veces, traspasar límites y convertirse en soberbia, en terquedad. En esa carrera obsesiva por imponer nuestras reglas al mundo que nos rodea, sucumbimos ante la realidad que tenemos delante.
La realidad del mundo es que, para poder crecer y vivir una vida en paz, debemos liberarnos de las cadenas del egoísmo y empezar a darle una oportunidad a los demás. Significa ponernos en los zapatos del otro, considerando que quizás la persona que nos lastimó no lo hizo con un ataque deliberado y premeditado, sino que tal vez está atravesando un momento difícil en su vida. O tal vez debemos simplemente reconocer una verdad esencial: todos somos hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, pero también todos somos seres únicos e irrepetibles. No podemos aspirar a que todas las personas piensen o actúen igual que nosotros. Eso nunca ocurrirá. Debemos aceptar que cada persona tiene distintas maneras de manejar el estrés diario, de reaccionar ante los conflictos y, sin querer, puede herir los sentimientos de otros, quienes a su vez se sentirán atacados.
Pongo un ejemplo. Trabajo en la industria farmacéutica. En una ocasión, me sentí vilmente atacado por un colega durante una reunión de trabajo. Él ocupaba un cargo superior al mío y, mientras exigía en voz alta que yo debería haber considerado sus ideas para resolver un problema, Salí de esa reunión muy alterado y descontento, convencido que estaba abusando del poder que le confería su cargo ejecutivo. Guardé en silencio un rencor que llevé conmigo durante muchos años, incluso después de haberme trasladado a otra empresa farmacéutica.
Varios años después, mientras mi hija Christy luchaba contra el cáncer, sus médicos necesitaban probar unas drogas experimentales para su enfermedad. Pero estas drogas apenas estaban en desarrollo y no habían sido aprobadas aún por las agencias regulatorias en EE.UU. Aquel alto ejecutivo a quien yo había catalogado, entre comillas, como “un mal hombre”, y con quien no había tenido contacto en años, respondió a mi llamada. Mostró un altísimo grado de compasión hacia mi hija y movió cielo y tierra en su empresa —la única en el mundo que desarrollaba esa droga— para lograr que nos garantizaran, sin costo alguno, el suministro del medicamento para su tratamiento.
¡Qué lección! Mi juicio hacia este hombre me había impedido perdonarlo y, en ese proceso, había encarcelado mi corazón e impedido su sanación.
Otro ejemplo hermoso lo recibió Mónica, mi esposa, de nuestra hija Christy quien se encontraba en las etapas finales de su lucha, cuando veíamos que los tratamientos ya no estaban surtiendo efecto, ambas fueron a un bazar en el pueblo donde vivimos. Allí estaban varias amiguitas de Christy, entre ellas una a la que ella anhelaba ver ese día. Desafortunadamente está amiga pasó por delante y ni siquiera las saludó. Con su instinto de protección materno, Mónica le dijo a Christy: “Esa no es una buena amiga.” A lo que Christy, con apenas 11 años, le respondió: “Mami, no puedes juzgar a la gente. Tal vez ella tiene algún problema o no se dio cuenta que yo estaba aquí.”
Dos meses después, Christy murió. La primera comunicación de condolencia que recibió Mónica de parte de las amigas de Christy fue precisamente de aquella niña que había pre-juzgado. En su mensaje le decía que quería mucho a Christy y que contara siempre con su apoyo para cualquier cosa que necesitara, incluso si solo necesitaba compañía.
¡Esta fue otra gran lección de vida!
Buddha dijo sabiamente que cargar con un rencor en el corazón hacia otra persona, sin perdonar, es como ingerir un veneno diario haciéndonos daño a nosotros mismos, muriéndonos lentamente, mientras la otra persona sigue viviendo su vida de manera descomplicada y sin enterarse.
En Juan 8:6-7, aprendemos que cuando los fariseos querían apedrear a una mujer acusada de adulterio, Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
Sigamos el ejemplo de Jesús: evitemos juzgar a los demás y abracemos el poder sanador del perdón.
Fernando Dangond, MD, was born in Colombia, South America. He and his wife, Monica, live in Weston, MA, and have been blessed with two sons Daniel and David and a beautiful daughter, Christina (the inspiration behind Build the Faith) who left to be with the Lord 7 years ago.
Dr. Dangond, is a neurologist and scientist who works for a pharmaceutical company developing medicines to treat devastating neurological diseases.
